domingo, 23 de junio de 2013

La lengua en la escuela y en familia

Con Luisa y conmigo desayunó su nietecita Elba, una niña preciosa de 2 años y medio a quien sus padres hablan en ambos idiomas (español y zapoteco), y ambos comprende y masculla.  Su abuela orgullosamente exclamó: “ésa ya nació chingona...” porque es la primera niña del pueblo (según la abuela, y es muy posible que sea cierto) que desde tan pequeña ya sea bilingüe. *

Elba, la nietecita bilingüe a sus dos añitos y medio.
Cuando vine la primera vez, los niños que aún no iban a la escuela, al igual que sus madres  apenas sabían unas palabras de español. Ahora que he vuelto encuentro que la mayoría lo habla, o al menos lo comprende perfectamente desde los cuatro o cinco añitos.  Al preguntar y observar buscando la causa posible de este cambio, algunas cosas llaman mi atención: los padres les hablan a sus hijos en español (cosa que me sorprendió al principio, pues en mi recuerdo en familia ellos siempre se hablaban en su lengua),tienen el radio de casa sintonizado en estaciones en español, e incluso hacen todo lo posible por enviarlos a estudiar la secundaria a la ciudad en vez de a la secundaria de Yagila (la cabecera municipal) para que aprendan el idioma "bien" (es decir, sin acento). 

¿Cómo ocurrió esta transformación?En la escuela, los maestros, que antes enseñaban sus clases en español (y por tanto era la escuela el centro en que por primera vez lo escuchaban y aprendían), ahora - por cambios en la política educativa estatal - las enseñan en zapoteco en su mayor parte, y es en esta lengua en que leen y escriben también. Los padres de familia, sobre todos los más jóvenes y/o los que han vivido en alguna ciudad (sea Oaxaca, el DF o Los Ángeles), desaprueban rotundamente esta práctica, pues creen que la educación de sus hijos está siendo muy afectada y será una barrera para su inserción en una comunidad urbana. 

Pero, ¿cómo han reaccionado los niños? ¿cuáles han sido los efectos de la política educativa en la escuela y en la casa en ellos?

¡Pues resulta que los niños están fascinados escribiendo y leyendo en idioma zapoteco mientras escuchan la radio en español! Me encanta ver cómo ríen mientras se ponen de acuerdo en cómo escribirían en español alguna palabra en zapoteco que pronuncian numerosas veces, con lentitud y delicadeza, decidiendo la escritura acertada para mantener el sonido de lo que hablan. Pequeños traductores e intérpretes que vienen y me tocan la ropa, por ejemplo, pidiéndome que la nombre en xtilha después de enseñarme cómo se dice :)

Al señalar este hecho a los padres (el de que los niños parecen muy contentos aprendiendo zapoteco en la escuela), les pregunto por qué aún así resienten tanto la enseñanza en zapoteco de sus hijos. El problema para los padres es que quisieran que los niños pronunciaran el castellano sin el acento que captan de sus maestros - que son indígenas zapotecos en su mayoría -; quieren que lo hablen como lo hablan los hispanohablantes de nacimiento...  tal cual yo quise que fuera con mis hijos con respecto al inglés: que lo hablaran sin acento, que no sonaran extranjeros, ajenos. Es por eso que ponen el radio a todo volumen apenas llegan los niños a casa: quieren que escuchen las estaciones citadinas y canten al son de canciones en español, que aprendan palabras que no usan en casa, y que hablen entre ellos en español.

En el futuro, les digo, ellos serán maestros de zapoteco y de español, y hablarán ambos idiomas correctísimamente. 


* Esto me resulta muy alentador, el que precisamente una NIÑA sea quien hable ambas lenguas cuando tantas mujeres en el pueblo eran monolingües hace apenas veinte años (cosa que noté cuando comencé a venir a la Rinconada: las mujeres digamos de 40 años en adelante hablaban muy poco o nada de español, lo cual hacía muy difícil la comunicación). Ahora, incluso aquéllas que entonces apenas lo hablaban, lo hablan hoy bastante bien... aunque en algunos casos (por causas que no tengo en claro todavía) esas mismas mujeres (Estela y Agustina son buenos ejemplos) simulan hablar únicamente zapoteco y hacen como que comprenden español pero no lo hablan sólo cuando están en presencia de sus maridos… sin embargo, al estar a solas conmigo lo hablan sin dificultades (algo que se cuidaron mucho de dejarme ver hasta hace unos días, en que haciendo yo exactamente no sé qué empecé aparentemente a ganarme su confianza)

Una situación extraña...

De acuerdo con el sistema de usos y costumbres tradicional indígena, los hombres mayores de edad pasan por varios o todos los cargos comunitarios para aprender la función de cada uno de éstos; deben cumplir con el tequio que les sea encomendado en cualquier ocasión, y dar todas las aportaciones que de ellos se requieran:

"La demanda de los “usos y costumbres” significa que los municipios indígenas oaxaqueños se rijan por un sistema cultural propio, que implica primero la elección de las autoridades del municipio por medio de la asamblea, es decir, en forma directa, unánime y pública; segundo, que los candidatos que entran en el “nombramiento”, como suelen denominar a la elección, deben cubrir ciertos requisitos como el “prestigio” (tener buenos antecedentes de cumplimiento y responsabilidad en la comunidad), la “capacidad de servicio” y el seguimiento del escalafón..."

Entre los trabajos de tequio, las aportaciones debidas, y los cargos se encuentran los que tienen que ver con la iglesia (católica), y esto ha causado fricciones serias con un grupo de cristianos protestantes, quienes (evidente -y justamente, en mi opinión-) se niegan a servir en tales funciones (como fiscales, mayordomos, etc.), a hacer tequio y dar aportaciones si éstos tienen que ver en forma alguna con prácticas eminentemente católicas (como la fiesta patronal del 15 de agosto, por ejemplo, o reparaciones en el templo, etc.).  Recientemente ha aparecido un grupo protestante (pentecostal) que hasta ahora ha aceptado y cumplido con dichas costumbres, de tal modo que dos ciudadanos pertenecientes a esta religión sirven actualmente en cargos en el templo católico, a su pesar y el de la comunidad (sin embargo, la tradición del rotarse todos los cargos se cumple). Una situación extraña. 

Recuerdo que cuando vinimos  las primeras veces, era fácil percibir un rechazo rotundo de los católicos contra el brote incipiente entonces de un grupo protestante (el que ahora se niega a participar en el sistema de usos y costumbres en lo que a la iglesia católica se refiere).  En esos días, al ver pasar a alguno de los ex-católicos, la gente los señalaba y decía “ése no es comunidad”.  Ahora, noto, los católicos hablan con mucha mayor naturalidad de que fulano o zutano “se convirtió”, “asiste a otro templo”, o eufemismos similares.  Casi parecen justificarlos cuando traen a colación el hecho de que los actuales catequistas y el cura párroco han relajado mucho su celo misionero...  

Escriben Alicia Barabas y Miguel Bartolomé en Etnicidad y pluralismo cultural: la dinámica étnica en Oaxaca. INAH, 1986, México D.F.

A nuestro entender, mucho más pertinente resulta comprender por qué los protestantes encuentran un espacio en las comunidades étnicas no sólo de Oaxaca sino de todo el mundo. Una de las respuestas más obvias es que cubren un vacío que el catolicismo no ha sabido llenar. La aceptación del protestantismo constituye una abierta actitud contestataria frente a la religión católica, que fuera y todavía es representante de un poder externo a la comunidad... (p. 41)


Con respecto a la comunidad católica, hay ciertos roces entre ellos debido a que la generación anterior añora los tiempos en que los catequistas y celebradores de la Palabra eran enviados a Oaxaca por tres meses a cursos en que los preparaban para dichos oficios, y se quejan de que los actuales en el puesto (jóvenes) están improvisando las prácticas y perdiendo la solemnidad de antaño...  Los nuevos catequistas acusan a su vez a los viejos de haber expoliado al templo de algunos materiales que fueron donados por párrocos anteriores para la comunidad, no para los catequistas específicamente (cosa que los acusados niegan categóricamente).  Lo que yo he observado es que - a ojos vistas- el templo está en un estado de deterioro y abandono, que sólo se abre de vez en cuando (el domingo pasado la comunidad se quedó esperando la Celebración de la Palabra que no se llevó a cabo porque el oficiante se fue con la rondalla a la fiesta de Yagallo), y no quiero caer en la tentación de sacar conclusiones fáciles, pero... pareciera que este daño en su apariencia y estructura deja ver el estado de la Iglesia Católica entre sus fieles)

sábado, 4 de mayo de 2013

"Somos nada más mujeres y no servimos para nada"

Julio 26

Luisa vino a buscarme esta mañana para que fuera a desayunar con ella y de paso me preguntó si no tenía ropa sucia para que aprovechara y la lavara en su casa, después del desayuno (en su pregunta y en su sugerencia puedo sentir un ramalazo maternal que me enternece). Antes de bajar a su casa me detuve en la tienda para comprar una barra de jabón, un poco de pan para compartir, y un paquete de galletas para dar a sus nietecitas.




Mientras yo lavaba mi ropa y ella echaba tortillas, lavaba platos, cocinaba, etc., Luisa y yo platicamos más sobre el tequio y los cambios que se han efectuado en la comunidad y que afectan a las mujeres. Luisa estaba más que dispuesta, deseosa y entusiasmada por contarme todo lo que sabía, se le ocurría y quería decirme sobre el tema. Tendí mi ropa, le pedí permiso para sacar mi cuadernito y un bolígrafo, y ella nada más movió la cabeza diciendo que sí porque lo que le urgía era hablar antes de que nos interrumpiera alguien…


Hace años (no pudo determinar exactamente cuántos) *, las mujeres también ocupaban cargos dentro de la comunidad (no me explicó tampoco en detalle qué cargos). Los topiles (personas que ejercen la función de policía local) acostumbraban pasar casa por casa repartiendo boletas a cada ciudadano (hombre o mujer, mayor de 18 años) donde éstos y éstas anotaban los nombres de las personas que querían que fueran designados(as) para cada cargo. Más tarde, en la agencia municipal, las boletas eran revisadas y contadas. Era de esa manera como se decidía qué persona ejercería qué cargo sin importar si era hombre o mujer. Y a esas personas se las adscribía como candidatos del partido oficial (PRI). De acuerdo con Luisa, esta práctica terminó cuando gente del gobierno estatal les avisó que no debía hacerse así, que ese tipo de votación no era válido (que el topil pasara por las casas recogiendo boletas), y se decidió que las votaciones deberían llevarse a cabo en una asamblea pública y por voto abierto, de viva voz... El resultado, desde ese día hasta hoy, es que siempre ganan los hombres porque ninguna mujer asiste a esas asambleas (la agencia municipal se considera un espacio masculino, y sería muy intimidante para las mujeres entrar en él). 

Con el tiempo la práctica de votar en asamblea pública, sin contar con el voto femenino porque las mujeres no asisten a la reunión, cerró totalmente la posibilidad de elegir mujeres, se volvió costumbre y ahora a nadie se le ocurre que una mujer deba tomar un cargo.

Le pregunté a Luisa si sería posible que uno de estos días las mujeres se presentaran el día en que hubiera alguna asamblea comunitaria y, dieran su punto de vista, votaran. No respondió. Insistí en preguntarle en su opinión qué pasaría… Después de un largo rato de mirar los montes desde su corredor, y con las manos rojas y callosas sumergidas en agua jabonosa porque se puso a ayudarme a lavar mi ropa contra todos mis ruegos para que no lo hiciera- me respondió que a la mayoría de ellas les daría o miedo o pena o las dos cosas al mismo tiempo. Dijo que el peso de la autoridad masculina vale muchísimo más que cualquier cosa que todas las mujeres del pueblo juntas adujeran… Cuando le pregunté por qué, me dijo en voz baja: “pues porque somos nada más mujeres y no servimos para nada”. (Casi lloro).



(Nota: En los valles centrales del estado, y en partes de la Mixteca, el sistema de cargos está aceptando cambios y participación femenina debido al fenómeno migratorio que se ha llevado a los hombres a trabajar al norte. Sobre esto, encontré este trabajo: http://www.colpos.mx/asyd/volumen3/numero1/asd-07-002.pdf

* Es muy curioso para mí notar cómo la exactitud en el tiempo es un concepto que parecen no entender: incluso para decir la edad cuando se la preguntas, iniciando con un "creo que..."

El borracho travesti


Después de desayunar con Luisa y Filomeno me encaminé hacia Santiago Teotlaxco, a una hora a pie de aquí, sobre terracería.  No llegué a tiempo para la misa “solemne”, pero me congregué con la gente, que en el atrio del templo había formado un círculo grande, para ver un rato a los danzantes (baile de los negritos) que se bailaba una y otra vez. Había mucho alcohól: chínguere, tepache, y el paso gratuito de botellas de mezcal para que se le diera el trago a boca de jarro. 

Un señor, el borracho del pueblo, vestido de mujer, contoneándose en parte para parecer provocativa, y en parte porque apenas podía caminar sin hacer eses, se acercaba a hombres y mujeres, quienes se reían, lo empujaban, lo llamaban "pinche puto", a veces le metían mano a las enormes tetas que se había hecho con trapos, al gigantesco nalgatorio que cuando se le resbalaba (trapos también) ostentosamente se lo alzaba con ambas manos, causando chiflidos y más risas escandalosas. Cuando el borracho se acercó a mí yo lo ignoré, me sentía mal, no me gustó el juego... espero no haber ofendido a nadie. 

En un intento de comprender esto del borracho trasvestido y de hacer conversación, le pregunté a una viejita que estaba a mi lado si el hombre es usualmente "así" (gay, trasvesti, no sabía cómo llamarlo), y ella nada más se rió primero, pero ante mi insistencia, respondió: "no, muchacha, ¿no ves que hoy le toca ser el payaso?" Pensé en Bajtin y en el concepto del carnaval, de la transgresión, del cuerpo grotesco... En teoría, entiendo el performance de este hombre, pero ahí, en la plaza del pueblo, en vivo, no me divertía para nada, más bien me hacía sentir mal.

Sólo permanecí unas tres horas porque, aunque la gente de aquí parecía disfrutar el evento, yo estaba un poco aburrida y tenía ganas de leer. Al volver al pueblo lo encontré solitario y silencioso: la mayoría de los pobladores se fue a la fiesta patronal de Santiago o a la de Yagallo. 

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Otro camión de carga vino hoy, justo a tiempo cuando la gente volvía de Teotlaxco como a las 4 o 5.  El camión es de alguien de aquí que se va cada jueves y vuelve los domingos con pollos, cemento, tanques de gas, fruta, materiales plásticos, en fin, todo lo que se necesita o se le haya previamente encargado...  El muchacho  es uno de los que cuando eran niñitos jugaban con nosotros, así que gritó mi nombre desde la cabina, se bajó, me dio la mano muy efusivamente, y luego me regaló unos mangos deliciosos.  Me sentí muy bien porque cada vez que la gente que no me conoce mira cómo me saludan y se sientan a platicar conmigo vecinos de aquí, parece como si me hiciera un poquito más aceptable, menos fuereña...

Pasé a la tienda de Taurino (el cacique, con quien no quiero relacionarme mucho porque por su posición de poder en el pueblo no se le considera realmente “comunidad”) para comprar algún regalito para Olga y Esperanza, que en su inmensa pobreza se empeñaron en darme de comer ayer.  Recordando que Olga me dijo que Wilber, el nieto, ha estado muy enfermo (mencionó vómitos de sangre) y que le habían  recomendado que tomara leche y huevos, compré algo de leche en polvo, avena y maizena para llevarles, y algo algo de atún y chiles enlatados (que parecen gustar mucho aquí, aunque tengan creciendo de modo natural chiles por todos lados) para Esperanza. 

Cené en la cocina de Alicia y me metí al curato a leer y escribir antes de lo usual, un poco por evitar posibles encuentros molestos o momentos bochornosos (la mayoría de los hombres sigue bebiendo a pesar de que ya se ven bastante borrachos). 

Responsabilidades y alegrías


Interesante la plática con  Filomeno, el hijo de Luisa.  Me explicó a grandes rasgos y con mucha  claridad y ejemplos el sistema organizativo que rige en la comunidad.  

Como ya había escrito, todos los hombres mayores de 18 años deben participar en la vida pública del pueblo trabajando en el tequio, cumpliendo con las debidas aportaciones, y finalmente ejerciendo cargos en el gobierno comunitario.  Dependiendo de la responsabilidad con que cumpla su tequio y la calidad de su servicio en éste, los hombres se ganan el respeto de la comunidad. Mientras más respetables sean, y mayor experiencia tengan en lidiar con asuntos que requieran su presencia en la capital, de mayor importancia será el cargo (en el gobierno comunitario, local) que reciban (aquí las elecciones son un performance que se ha acomodado a lo que ya la comunidad ha decidido: ponen como candidato del partido oficial al señor de la comunidad que por decisión del pueblo es quien debe ser el Sr. Autoridad). 

Filomeno después pasó a hablarme acerca de un gran cambio ocurrido hace dos o tres años (unos dicen que dos y otros que tres), cuando en una asamblea comunal decidieron que las mujeres “sin obligaciones” (es decir sin marido) también debían dar tequio por un  año y dar aportaciones (grava, arena, piedras traídas del río; comida si tienen visitantes oficiales; dinero a veces, etc.) Al final de su exposición, Filomeno - visiblemente molesto, aseveró que no cree que esta medida  sea del todo justa, que “hay que pensarle todavía” puesto que a su manera de ver, las mujeres que tienen hijos, aunque no tengan marido, deberían quedar exentas, así como aquellas viudas cuyos maridos cumplieron cabalmente con sus obligaciones comunitarias, y que muchas veces son también madres de quienes están en pleno servicio...  (debe tener en mente a su propia madre, que fue esposa de un hombre que aunque tomaba mucho, siempre sirvió como debía, y cuyos hijos hasta hoy son reconocidos como gente responsable de sus cargos y deberes). Yo le llamé la atención sobre un punto: no es una práctica justa no solamente por lo que él ha mencionado, sino sobre todo - a mi parecer - porque el deber de dar tequio y aportaciones conlleva el derecho de entonces ejercer un cargo... Al escucharme decir esto, la cara de Luisa se iluminó, murmurando "¡Eso, eso!" -- Filomeno, nos miró con asombro y reprobación, y respondió "eso no es así". Y punto.

Algunos números e información que Filomeno me dio sobre los ciudadanos (varones) que cubren los cargos anualmente (hay votaciones para elegirlos a finales de noviembre o el primero de diciembre):

En la Agencia (como Presidente, Tesorero, Secretario, Regidores, Síndico, Vocales, etc.) = ± 15 hombres
En el Comisariato del café (el pueblo comunitariamente produce y vende su café) = ± 15
En las distintas Comisiones (CONASUPO, mantenimiento del templo, salud, agua, educación, caminos, terrenos de la escuela, electrificación, permisos de construcción, etc.) = ± 5 en cada comisión.

Me explicó nuevamente que por todos los años de su vida, entre que se vuelven “muchachos” y se vuelven “abuelitos”, tienen algún cargo, lo que implica horas de reuniones por semana.  Dice que todo es en beneficio del pueblo, pero que lo que es cierto es que aquellos que han cumplido siempre tal cual se espera de ellos, pueden estar seguros de que cuando algo necesiten de la autoridad (permisos para construir y comprar, para irse a trabajar fuera por un tiempo y que la comunidad vele por su familia de algún modo; solicitudes para electrificación o agua, alguna demanda jurídica, etc.), ésta les prestará atención de inmediato.  Que eso es precisamente “hacer comunidad”...

El tequio se presta cuando hay alguna necesidad específica (construcción de algún camino,  reparación de la escuela o el templo, etc.), aunque hay unos que existen permanentemente (la carretera entre Zoogochí y Yagavila, y un tramo de la que sirve a todos estos pueblos, entre Yagila y el entronque con la carretera federal).  Quien falte un día al tequio debe pagar 30 pesos por ese día. 

Imagen tomada del periódico La Vanguardia (México)
El tequio de las mujeres se refiere casi exclusivamente a las actividades relacionadas con el café: siembra, limpia, corte, secado, etc., y por tanto es temporal. Si ellas faltan a un día se les cobra la mitad, pero si por alguna razón no pueden verdaderamente cumplir con éste, no pagan arriba de 50 pesos en total (por el año).

La otra actividad de tequio para las mujeres es hacerse cargo de las necesidades de los trabajadores, ingenieros, maestros, enfermeras, cualquier visitante que venga a hacer alguna labor a Zoogochí. En esos casos ellas se rotan la lavada de la ropa, limpieza de donde vivan, hacerles la comida... Cuando escuché esto, me quedé fría, y con una pena infinita le pregunté si por eso estaba yo recibiendo tantas invitaciones a comer, y eso terminó la tensa plática anterior: Luisa y Filomeno soltaron la carcajada diciendo que me había puesto muy roja, y me dijeron que no, que eso es por pura "gratitud", que yo no vengo enviada por el gobierno ni soy parte de un tequio. Les pregunté por qué gratitud, si no he hecho nada por nadie, y Luisa me respondió: "ustedes de muchacho hacían el favor de visitarnos, nos enseñaron muchas cosas, nos trajeron alegría", y Filomeno añadió: "nuestro grupo de música empezó porque queríamos seguir cantando las canciones que ustedes nos enseñaron cuando éramos chamaquitos..."  ¡Gulp! Sentí entonces no la cara roja, sino un nudísimo en la garganta, los ojos llenos de lágrimas y no sabía ni qué decir. No mencionaron los nutrimpis o la leche en polvo que el DIF enviaba, las vacunas contra el sarampión, las pruebas de esputo para detectar tuberculosis, las pastillas para la oncocercosis que la SSA les hacía llegar por nosotros, ni la ropa usada que llevábamos o las despensas que reuníamos visitando gente y negocios  en Oaxaca, no el andar queriendo enseñarles a construir letrinas o huertos familiares, sino los cantos, los juegos con los niños, la música, las guitarras en la noche alrededor de una fogata... nuestra alegría. Qué poco puede significar mucho, Dios mío, qué poco... y a veces ni eso damos.

A la mesa y a gusto


Julio 25

A las 9 de la mañana fui a desayunar a casa de Luisa, la señora que vino ayer por la tarde a visitarme, una mujer muy amable, de movimientos saves y mirada dulce, con una sonrisa constante y la ropa muy limpia, de unos cincuenta años (calculo... porque cuando les pregunto a las mujeres mayores su edad, la mayoría no la sabe o responde con un "creo que..."). 

La casa de adobe moreno es como Luisa: muy agradable, acogedora, fresca, abierta, grande, con un corredor enorme y una vista espectacular de las montañas.  Cuando llegué, ella me esperaba con tremenda sonrisa en la cara... me hizo sentir como si me estuvieran recibiendo con flores, en casa...

Cuando entre y chulée su casa, me tomó del brazo y me llevó hacia una mesa y silla en el corredor (que funciona como un recibidor, como sala y comedor), pero al ver que ella se metía al pequeño cuartito con el fogón, la seguí y ahí también había mesa y sillas.  Le pregunté entonces si podía sentarme ahí para acompañarla mientras hacía las tortillas.  Luisa se me quedó viendo, sonrió, meneó la cabeza como diciendo “¿quién te entiende?”, y puso una taza de café humeante frente a mí… ¡Ay, este café que me sabe totalmente a “sierra”, el que identifico con el lugar y la gente!... Café cultivado en las parcelitas al lado o alrededor de su casita, o en los terrenos comunales, cosechado, lavado, secado en petates al sol o a veces en el tejado, tostado en el comal al tanteo, molido en el molino del pueblo o en el metate, hervido con canela y panela en el fogón, reposado al lado de las brasas, y servido apenas se haya asentado... 

Le pregunté si ya había desayunado, y cuando me respondió que no, le dije que se sentara conmigo para que no comiera yo sola (un festín: huevos en salsa, frijoles, chiles asados y tortillas recién salidas del comal). Se sirvió, pero entonces pasó su hijo Filomeno, el muchacho que toca en la rondalla junto con su esposa Guadalupe, y Luisa lo llamó a desayunar. Vernos los tres en la mesa me hizo pensar en qué hace que unos me sienten como en los antiguos tiempos, sola, y entren sólo para ofrecer más comida y decirme “reciba, reciba”, y que otros con la sugerencia de que se sienten conmigo, lo hacen. Además, parecen contentos, a gusto conmigo al lado, y esto lo noto en que platicamos entre risas, ellos no se quedan callados por largos períodos hasta que a mí se me ocurra decir cualquier burrada que restablezca la plática, ni se paran a cada rato a traerme más café o algo, ni se la pasan preguntándome si está bien todo...

El tequio de las viejitas y la curiosidad de las jovencitas


Desperté por el ruido de dos camiones que vinieron de Yagila a la venta de despensas.  Bajé a mirar las transacciones, discusiones, ofertas, y después decididí andarme un poco por el camino que va a Yagavila. Al volver al curato me esperaba Luisa, una de las señoras que nos recibían cuando veníamos como “misioneros” y que ahora es para los estándares del pueblito, muy “mayor” (¿unos sesenta años?).  Saqué un par de sillas del curato al corredor y unas manzanas para mantener las buenas maneras, a lo que Luisa respondió sacando de su rebozo una bolsa con aproximadamente medio kilo de café molido y tres huevos criollos. Nos sentamos un buen rato y estuvimos hablando por una hora acerca de los cambios que se han dado en el pueblo en estos veinte años. 
Luisa se muestra nostálgica por como eran las cosas antes, “cuando los jóvenes y los niños eran respetuosos y se sabían comportar”.  Ella encuentra falta de respeto en el hecho de que durante las celebraciones religiosas dentro del templo, los muchachos continúen jugando basketball  en la cancha (que al ser agrandada y renovada quedó prácticamente adosada al templo).  Dice que eso, esa cancha nueva, y la falta de catequistas que verdaderamente enseñen el catecismo a los niños, están perjudicándolos mucho pues éstos crecen “como animalitos”, y es triste que nadie se preocupe por esta “falta de educación”. 

Por otro lado, también me comentó que el nuevo sistema de tequio para las viudas y las mujeres solteras mayores de 18 años le resulta duro, puesto que ella es viuda desde hace cinco años.  El tequio consiste en trabajar un día de la semana para la comunidad, y ese deber no termina sino hasta que sean muy ancianas o estén enfermas. Le pregunté qué actividades eran parte de su tequio, y me dijo que por ejemplo, como ella ya es “abuelita”, le toca hacer las tareas menos duras, como tender el café y el maíz en petates para que se oreen.

Al final de la platicadita con Luisa, caminé con ella a su casa para acordarme de dónde vive, puesto que me ha invitado para que desayune mañana en su casa y, mientras me despedía de ella, apareció nuevamente Isabel, la chica que esta mañana me llevó a casa de Esperanza. 

Isabel me invitó a sentarnos un ratito en el atrio del templo para platicar. Se muestra muy interesada por lo que hago, dónde vivo, en qué trabajo, si no tengo miedo de estar sola… Y en esto de que “anda usted sola, pues”, insiste mucho: en que anduve sola por el monte, en que voy sola por el pueblo, en que iré mañana sola por quién sabe dónde, en que duermo sola en el curato. Tanto repetirme esto, que me pregunto si ahora que he venido sin marido resulto demasiado extraña/chocante para ellos.

Isabel me contó que ella trabajó sirviendo a la maestra del pueblo, pero que ésta recién se fue a otro pueblo, cosa que la entristece porque le gustaba mucho hablar con ella de otras cosas ”diferentes”.  Antes de irse a seguir con sus quehaceres, me preguntó si quiero ir con ella a Teotlaxco mañana, para la fiesta grande del pueblo (cuyo patrón es Santiago, el apóstol). Le dije que, si después de desayunar con Luisa ella todavía está aquí, iremos juntas, pero que si quiere llegar a tiempo a la misa en Teotlaxco, se vaya antes sin esperarme, y que ya nos veremos ahí.

Hoy no hubo invitación a cenar (gracias a Dios porque he comido mucho por hacer los honores a las invitaciones), así que sólo cené un par de plátanos que me regaló Clara esta mañana y un refresco que me trajo Eustolia antes de irse con Lorena... Por cierto, hablando de Eustolia, me llamó la atención que esta mañana vestía pantalones. El uso del pantalón no ha sido aceptable para las mujeres, así que aún las muchachas oriundas de aquí - que lo usan en la ciudad- se lo quitan cuando vienen a la Rinconada, y hasta hoy sólo algunas niñas comienzan a portarlo. Las mujeres visten generalmente hasta la rodilla,  calzan zapatos plásticos, llevan rebozo, y muchas (sobre todo las mujeres jóvenes) llevan colgando del hombro un morral tejido a gancho con figuras de rombos de colores.