Después de desayunar con Luisa y Filomeno me
encaminé hacia Santiago Teotlaxco, a una hora a pie de aquí, sobre terracería. No llegué a tiempo para la misa “solemne”, pero me congregué con la gente, que en el atrio del templo había formado un círculo grande, para ver un rato a los danzantes (baile de los negritos) que se bailaba una y otra vez. Había mucho alcohól: chínguere, tepache, y el paso gratuito de botellas de mezcal para que se le diera el trago a boca de jarro.
Un señor, el borracho del pueblo, vestido de mujer, contoneándose en parte para parecer provocativa, y en parte porque apenas podía caminar sin hacer eses, se acercaba a hombres y mujeres, quienes se reían, lo empujaban, lo llamaban "pinche puto", a veces le metían mano a las enormes tetas que se había hecho con trapos, al gigantesco nalgatorio que cuando se le resbalaba (trapos también) ostentosamente se lo alzaba con ambas manos, causando chiflidos y más risas escandalosas. Cuando el borracho se acercó a mí yo lo ignoré, me sentía mal, no me gustó el juego... espero no haber ofendido a nadie.
En un intento de comprender esto del borracho trasvestido y de hacer conversación, le pregunté a una viejita que estaba a mi lado si el hombre es usualmente "así" (gay, trasvesti, no sabía cómo llamarlo), y ella nada más se rió primero, pero ante mi insistencia, respondió: "no, muchacha, ¿no ves que hoy le toca ser el payaso?" Pensé en Bajtin y en el concepto del carnaval, de la transgresión, del cuerpo grotesco... En teoría, entiendo el performance de este hombre, pero ahí, en la plaza del pueblo, en vivo, no me divertía para nada, más bien me hacía sentir mal.
Sólo
permanecí unas tres horas porque, aunque la gente de aquí parecía disfrutar el evento, yo estaba un poco aburrida y tenía ganas de leer. Al volver al pueblo lo encontré solitario y silencioso: la mayoría de los pobladores se fue a la fiesta patronal de Santiago o a la de
Yagallo.
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Otro camión de carga vino
hoy, justo a tiempo cuando la gente volvía de Teotlaxco como a las 4 o 5. El camión es de alguien de aquí que se
va cada jueves y vuelve los domingos con pollos, cemento, tanques de gas,
fruta, materiales plásticos, en fin, todo lo que se necesita o se le haya
previamente encargado... El muchacho es uno de los que cuando eran niñitos jugaban con nosotros, así que gritó mi nombre desde la cabina, se bajó, me dio la mano muy efusivamente, y luego me regaló unos mangos deliciosos. Me sentí muy bien porque cada vez que la gente que no me conoce mira cómo me
saludan y se sientan a platicar conmigo vecinos de aquí, parece como si me
hiciera un poquito más aceptable, menos fuereña...
Pasé a la tienda de
Taurino (el cacique, con quien no quiero relacionarme mucho porque por su
posición de poder en el pueblo no se le considera realmente “comunidad”) para comprar algún regalito para Olga y Esperanza, que en su inmensa pobreza se empeñaron en
darme de comer ayer. Recordando que Olga me dijo que Wilber, el nieto, ha estado muy enfermo
(mencionó vómitos de sangre) y que le habían recomendado que tomara leche y huevos, compré algo de leche en polvo, avena y maizena para llevarles, y algo algo de atún y chiles
enlatados (que parecen gustar mucho aquí, aunque tengan creciendo de modo
natural chiles por todos lados) para Esperanza.
Cené en la cocina de Alicia y me metí al curato a leer y escribir antes de lo usual, un poco por evitar posibles encuentros molestos o momentos bochornosos (la mayoría de los hombres sigue bebiendo a pesar de que ya se ven bastante borrachos).
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