sábado, 4 de mayo de 2013

El mal de Olga

Al quedarme “sola”, pensé en ir a visitar a Olga y Rafael, una pareja que siento de alguna manera cercana a mi familia ya que a principios de 1980 Olga vivió en casa de mis papás por unos meses, cuando la llevamos a Oaxaca porque estaba enferma. 

En esa ocasión, Olga dejó solos aquí a Rafael y a la que yo creía su única hija, Esperanza, de 12 años, que entonces era una chiquilla muy apegada a su madre (me acuerdo cómo se le abrazaba, lo afectuosas que eran la una con la otra, qué mimosa era la Esperanza con ella), y a mí nunca se me ocurrió preguntarle quién los atendería. Claro, entonces yo era una adolescente que poco entendía el papel de las mujeres en una comunidad campesina en las que la mujer-esposa-madre es absolutamente esencial para que la familia funcione: sin alguien en casa que les prepare la comida y se la lleve al campo, los hombres no podrían laborar la tierra de sol a sol, como lo hacen, ni cuidar la casa y los animales, a los hijos y muchas veces a los abuelos. Ahora, ya con la experiencia de vida que no tenía entonces, puedo imaginar lo difícil que debe haber sido para la familia prescindir de Olga por los varios meses que vivió en Oaxaca.

¿Qué tenía Olga entonces? Misterio de misterios: los doctores nunca pudieron diagnosticarla ni curarla. Describía sus síntomas de una manera que los médicos de la ciudad no entendían: términos vagos, espirituales, cargados de referencias a brujería y males causados por el rechazo de sus vecinos, atribuidos a alguna mujer que le quería robar al marido, o al espíritu de algún muerto, o tal vez provocados por un “mal aire”, o un “mal de ojo”… cosas así. Los doctores – mi papá y mi tío Javier entre ellos – vieron que se le hicieran análisis generales, pero aparte de un poco anémica, no le encontraron nada que provocara su decaimiento general. Terminaron recetándole vitaminas, antiparasitarios intestinales, descanso y distracción. La atención pareció mejorarla.

Me acuerdo que un día mi mamá entró a la cocina con horror pintado sobre toda la cara, comentando en susurros y con gestos de espanto que Olga le había dicho que esa mañana se había sacado una bola de “cosa mala” de la panza. “¿¿¿¿¿Queeeeeeeeeé??????”, preguntamos mis hermanos y yo con la piel de gallina y la boca retorcida de asco. “Dice que se estuvo sobando en la noche porque sentía como piedritas en el estómago, y que al levantarse vio una maraña de tierra, piedritas, pelos y “cosas” hechas una bola, al lado de ella”. Brujería, magia negra, vudú, cosas pavorosas del más allá nos vinieron a la mente con terror… (los genes de mi mamá en acción). Mi papá (con otros genes, más prácticos y centrados que los de mi mamá) no hizo ni un gesto, solamente se paró de la mesa, fue al cuarto de Olga, la interrogó, y volvió diciendo que estaba bien, que no había pasado nada, que si ella creía que lo malo ya se le había salido del cuerpo – como fuera, sin especificaciones – empezaría a curarse. Y así fue.

A los dos o tres días llegó Rafael por ella y ambos volvieron al pueblo, contentos. Desde ese día, al despedirse, hasta este día al platicar sobre ellos conmigo, Olga se refiere a mis papás como “padre” y “madre”... O sea que, visto así, Olga y yo somos hermanas... pero aún así no soy parte del pueblo porque Olga - casada con un nativo de Zoogochí desde hace una vida, y residiendo en este pueblo desde hace tanto tiempo - sigue siendo forastera: el que no haya nacido dentro de la demarcación zoogochina ni hable el dialecto específico del zapoteco que aquí se habla la excluyen de la comunidad de manera contundente. 

Tal vez ésa haya sido la enfermedad que padecía (y dice todavía padecer) Olga: no pertenencia... Y, para eso, aparentemente no hay cura. 

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