sábado, 4 de mayo de 2013

Marisol y su familia


La casa de Marisol, muy limpia y ordenada, está construida sólidamente en piedra pegada con barro, rodeada de setos de flores y plantas de colores brillantes.  La personalidad misma de Marisol es atractiva: risueña, tranquila, alegre.  Tiene seis hijos: una, la mayor, de diecisiete años, vive en la casa de la señora para la cual trabaja en Los Ángeles desde hace cuatro años; la segunda, quinceañera, acaba de terminar la secundaria en Oaxaca, y también ella ha estado trabajando para una señora a cambio de casa, comida, un poco de dinero, y permiso para ir a la escuela en la tarde. Las otras tres hijas y el hijo menor, el único hombrecito que les siguen, viven con Marisol y su esposo.

Marisol cree firmemente que salir del pueblo por un tiempo para “divertirse”, para “quitarse la curiosidad”, porque “trabajar y ganar su dinerito es bonito”, debe ser realizado antes de “encerrarse en la casa y en el pueblo”.  La segunda de las hijas menores que todavía vive en casa con ellos tiene once años y recién terminó la primaria. Marisol habría querido llevarla a Oaxaca en estos días para que sirviera en alguna casa a cambio de que le dieran estudios de secundaria, pero no fue posible porque los maestros de la primaria no entregaron a tiempo la documentación (como siempre, con sus huelgas afectan la vida de todos) y por tanto perdieron el período de inscripciones a secundaria, que ya pasó. La otra hija de Marisol, un año mayor que la que recién terminó la escuela, terminará la primaria el año próximo. Marisol dice que tal vez esto de que no pueda estudiar este año sea para bien, pues así podrá ir con las dos muchachitas para julio del año que viene a buscar una patrona que, con suerte, tome a ambas. Pensé en Clara y Silvia, y en lo duro que fue para ellas volver al pueblo después de vivir y estudiar en la ciudad, pero no dije nada porque, si Marisol aprovecha para hacer otro comentario negativo sobre ellas, me voy a sentir muy mal…

Después de un rato de visita y charla, Lorena y yo nos despedimos diciendo que queríamos ir al río. Inmediatamente las tres hijas y el hijito de Marisol, junto con un amiguito de éste (ambos de la misma edad, nueve años) que andaba por ahí, dijeron que nos querían acompañar. Los hijos de Marisol recibieron permiso sin problemas, y el amiguito de ellos corrió a su casa a pedirlo, pero se lo negaron porque -según nos explicaron las niñas de Marisol- “su abuelita dijo que no sabe quiénes sean ustedes, si serán católicas o evangelistas”. 

Bajamos al río, bastante crecido y con corriente caudalosa a causa de la temporada de lluvias. Los niños se portaron con mucha cautela, quedándose en la orilla. Para ellos el río es el lugar donde uno lava la ropa y otras cosas, donde uno se baña, no un lugar de juego, no un sitio para nadar y divertirse (aunque sí se divirtieron). Me fijé en cómo se enjabonaron profusamente, dejándose el jabó adherido al cuerpo por mucho tiempo, para volver a meterse al agua y enjabonarse una vez  más.  Nunca había yo visto niños que con tanta dedicación se restregaran con el estropajo embarrado en la pastilla dura… (Me hizo recordar cómo mi papá nos tallaba con fuerza y un montón de jabón cuando nosotros éramos chiquitos… ¿será una costumbre zapoteca, en el caso de mi papá, del valle, que se comparte con los zapotecas de la sierra?)

Los cinco chamaquitos estaban muy impresionados con la cámara de Lorena, y todo el tiempo posaban para ser retratados, muertos de la risa por querer salir serios. 

Al bajar al río observé que la casa de Domingo, el  hijo de Daniel y Agustina, está casi terminada, y que es una construcción amplia y bonita ostentando un toque diferente: su techo de dos aguas en vez de a un agua, más espaciosa, más californiana…   

Vi también la clínica de salubridad, que tiene de planta a un médico que hace su servicio social ahí, y a una enfermera. Hay una escuela primaria bien construida… ¡Cuánto cambio bueno! Las niñas, al verme mirando con atención la escuela, me cuenta que todos los maestros del pueblo son serranos, no “de la ciudad”: dos son de aquí, de Zoogochí, dos son de Capulálpam, y los otros dos son de unos pueblos de Villalta.  Lo dicen con un cierto retintín de desprecio… quizás el que han escuchado en sus madres, Clara y Marisol, quienes se empeñan en querer enviar a sus hijos a otras secundarias fuera del área aduciendo que sus hijos deben aprender a hablar español bien (cuando les pregunto si en la escuela no lo aprenden, dicen que no, que quieren que hablen “como hablan ustedes, no como hablamos nosotros”… es decir, sin acento zapoteco). 

Ambas madres manifiestan que la importancia de vivir en la ciudad es no sólo a causa de practicar el idioma todo el tiempo, sino a aprender a relacionarse, a conocer cómo moverse por las calles, y a perder en general el miedo a preguntar en oficinas acerca de diversos asuntos.  Es importante ganar esta seguridad cuando se sale del pueblo porque todos los ciudadanos mayores de 18 años están obligados a cumplir con “cargos”, servicios sociales a la comunidad que son repartidos de acuerdo a los estudios y la experiencia citadina que éstos tengan.  Así, los cargos mayores y de más prestigio serán otorgados a quienes más preparados para ellos se encuentren.

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