sábado, 4 de mayo de 2013

El idioma, seña de identidad y vínculo familiar


Rodeada de niños y niñas que se me fueron pegando en el camino, seguidos todos por dos o tres perros flacos que se unieron a nuestra procesión que jolgoriosamente (e inmisericordemente para mí) avanzaba cuesta arriba, llegué por fin a casa de Olga con una manita en cada una de las mías, gritos y ladridos confundidos entre sí. 

Al vocear su nombre, Olga apareció en el marco de su casita, oscura como la mayoría de estos rumbos porque no tienen ventanas  (¿para qué las necesitan? solamente entran para dormir, su mesa con sillas para comer está o en la choza del fogón, o en el corredor frente al cuarto), y entrecerrando los ojos, me miró, y luego musitó: "¡mamacita! ¿eres tú?". Cuando salió a recibirme, los niños con sus perros desaparecieron corriendo: Olga no es "comunidad"...  

Muy sorprendida de verme, no dejaba de preguntarme qué hago aquí, por qué he vuelto a Sta. María Zoogochí si es un pueblo jodiiiiido. Yo no sabía muy bien qué responderle ("vengo para informarme si hay algo que valga la pena escribir en mi tesis" ? "vengo porque ando muy nostálgica y sin rumbo" ? "vengo porque todos estos años he deseado volver" ?). Le respondí lo mejor que pude: que me gusta mucho este pueblito, que me encanta el campo, que me siento contenta de estar aquí… Al escuchar mi respuesta, Olga se me quedó mirando con una sonrisita rara, como de quien duda o sabe que le están  mintiendo por una razón que ella trataba de atrapar… Me sentí hurgada, y no me gustó nada la sensación. 

Olga está muy envejecida, el blanco de sus ojos sigue siendo amarillento, y ha perdido casi todos los dientes, pero se le ven muy pocas canas. Cuando le pregunté cuántos años tiene, me respondió con un: "Ay, mamacita, quién sabe, pues, ya ni me acuerdo", pero calculo que debe tener poco más de cincuenta. 

Apenas acababa yo de sentarme en una silla de su cocina, cansada después de la subida y bajada de monte que me eché buscando su casa,  cuando ella anunció que sería mejor que fuéramos a casa de su hija Esperanza porque – según dijo – se siente muy sola cuando su marido Rafael no está (se fue a trabajar, como todos los días, al campo) ni su nieto Wilber tampoco…  

¡Wilber! No me acordaba yo de Wilber, que era un chiquitito cuando fuimos Raúl y yo con nuestros hijos: es el hijo mayor de Esperanza, y vive con sus abuelos Olga y Rafael prácticamente desde que nació. Nunca entendí por qué Esperanza prácticamente se los entregó, ni cómo fue que su marido se lo permitió, pero hay tanto misterio alrededor de esta familia, que ya sé que no debo preguntar porque ellos nunca me responderán sino que, en cada ocasión, cambiarán la conversación. 

Mientras caminábamos a casa de Esperanza, Olga me dijo que Wilber no estaba en el pueblo porque se había ido a Yagallo con su papá y dos de sus hermanos (Esperanza ahora tiene cuatro hijos y una hija) a la fiesta patronal, y que sin él ni el esposo en casa, ella prefería no estar. A mi las piernas ya me temblaban de tanto subir y bajar mientras Olga me decía que adora a su nieto Wilber, que quiere sacarlo de Zoogochí y enviarlo a Oaxaca para que siga estudiando ahí la secundaria, pero que se da cuenta de que no es posible para ellos porque no podrían comprar siquiera el billete de autobús a la ciudad... y luego, cómo pagar sus ropas, sus materiales... y no conocen a nadie más que a mis papás en Oaxaca... (a final de cuentas les di a Esperanza y a ella la nueva dirección de mis papás, pero no ofrecí nada especial porque no sé si ellos querrían tener al chico). 

Esperanza ya no es afectuosa con su mamá, sino al contrario: la observé bastante formal y fría con ella. Dijo que no me recordaba, pero que sí sabía quién era yo. No me hice del rogar cuando me invitó a pasar a la cocina... ¡estaba muerta de hambre! Esperanza, con movimientos firmes y rápidos hizo unos huevos fritos, sirvió frijoles, echó tortillas, rebanó aguacate y puso café frente a mí en cuestión de minutos. Le pregunté si ellas no iban a comer (la hija de Esperanza había aparecido, tras el vestido de su abuela... como aparecía Esperanza cuando era la niña querendona - y llorona - que era cuando la conocí), pero respondió que todavía no... Empecé a comer sola, pero platicando mucho con Esperanza, que poco a poco se fue relajando, empezó a hablar y a sonreir. Le pregunté por sus horarios de comida, haciéndole ver que era tiempo para que ellas también comieran. Esperanza estaba renuente a sentarse a comer conmigo, pero después de un momento pareció entrar en confianza y le preguntó a su hija si querría ella también comer. Cuando la niña aceptó Esperanza llamó a su mamá a “tomar un café” (así invitan a la mesa, aunque nunca es para tomar exclusivamente café). Olga educadamente respondió que ya había comido, pero finalmente y ante la insistencia se acercó y dijo que sólo poquito porque no tenía hambre... ¿Son formas de cortesía y formalidades que yo no entiendo, o hay alguna tensión entre madre e hija cuya fuente yo ignoro? Bueno, al final las cuatro estábamos juntas alrededor de la mesa, hablando, riendo y comiendo. 

Hablando... Casi me atraganté cuando un recuerdo me vino a la mente: Esperanza y Olga hablaban entre sí un zapoteco distinto al de Zoogochí, Esperanza y Rafael (su papá) hablaban el zapoteco de Zoogochí (él es de aquí), y Olga-Rafael se hablaban en castellano entre sí porque Olga nunca aprendió el zapoteco de su marido y su hija. Les pregunté si continuaba el asunto de los idiomas de esa manera, a lo que Esperanza con mucha resolución respondió que no, que en su casa solamente se habla "el zapoteco de aquí porque estamos aquí y mi marido, mis hijos y yo somos de aquí..." Olga se agachó... para siempre extranjera en esta comunidad. Les conté que en Estados Unidos, donde ahora vivimos mis hijos y yo, siempre hablamos español entre nosotros, que ése es un vínculo que nos mantiene unidos y nos recuerda quiénes somos y de dónde venimos, que es como un abrazo entre los tres, y que pase lo que pase, se casen con gringas o chinas o alemanas o de donde sea, mis nietos hablarán español con nosotros...

Tras escuchar mi declaración, Olga y Esperanza se miraron, pero no dijeron nada. Un momento largo de silencio, el ángel pasó, bebimos más café, y cambiamos de tema para disipar las emociones que - creo - ninguna de las tres habríamos podido manejar muy bien. Pero el clima definitivamente cambió para bien.

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