Julio 22, 1999
Me encontré con Lorena y su camionetita azul para iniciar la travesía. Mi mamá está preocupadísima (“¡Pero cómo van a ir solas!” --- no quiero ni imaginar lo que doña Lila le haya dicho a Lorena. Creo ella es aún más tradicionalista que mi mamá, si eso es posible --). Mi papá no dijo nada, solamente se le trabó la mandíbula y murmuró “cuídate mucho, hija”. (Ni que me estuviera yendo a Bosnia o al Tumbuctú).
Bueno, muy científicamente yo, entre curva y curva tomé el kilometraje y los tiempos entre Oaxaca y Zoogochí, que aquí escribo:
Oaxaca – Ixtlán: 61 kms. (nos tomó aproximadamente 1 hora con 25 minutos)
Ixtlán – desviación a Yagila (sobre la carretera federal): 19 kilómetros
De la desviación de la carretera federal hasta el mero pueblo de Yagila: 55 kms. (más o menos 3.5 horas de manejada, pero nos distrajimos y Lorena se paró a tomarle fotos a los burros, bueyes y otros animales que cruzaban el camino, o de plano se nos sentaban enfrente).
Pasamos Yagila, pero ya enfadadas y cansadas no nos detuvimos ni para ir al baño (ya fuimos varias veces al aire libre). De ahí a Santa Cruz Yagavila (el siguiente pueblo) me valió madres tomar las distancias (cosa que había hecho checando el marcador del cochecito azúl), así que no tomé el tiempo, pero calculo que no pasaron más de 30 minutos cuando arribamos a Santa Cruz, que es la sede de la parroquia de la Rinconada.
Siento decir que el camino, de terracería a partir de la desviación, no está en mucha mejor condición de como recuerdo que era hace veinte años, pero en todo caso estamos en una época de lluvias especialmente torrenciales, así que a lo mejor sí ha mejorado pero no se nota...
En Santa Cruz Yagavila nos detuvimos para presentarnos con el misionero – un verbita alemán, cuarentón, medio calvito, y con un aire muy solitario - que atiende a todos estos pueblos. Parecía muy contento con nuestra compañía, nos ofreció chínguere (la bebida serrana de producción casera con un contenido alcohólico muy alto), y ya no sabía ni cómo retenernos el pobre hombre. Nos comentó que hace poco pasaron los zapatistas en su consulta popular, y que el único pueblo que no los dejó pasar fue precisamente Zoogochí. Le pregunto si sabe por qué, y dice que no, que "ya sabes cómo es esa gente". Su comentario me hace ver que "esa gente" es una que él no comprende para nada. ¿Qué hace aquí? No puedo imaginar mayor diferencia en estilo de vida, lengua, todo, entre él y sus feligreses indígenas -. Bueno, pues que al final, nos ofreció el curato de Santa María para que pasemos en él estos días, ofrecimiento que aceptamos de inmediato y de buen gusto (para eso nos habíamos detenido a saludarlo: con la esperanza de obtener asilo por unos días).
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Llegamos a Santa María aproximadamente a las 4 p.m. y preguntamos por la autoridad (a quien llaman “el Sr. Autoridad), Tomás Morales. El padrecito nos había dicho que le avisáramos que teníamos su permiso para pasar unos días ahí, pero el Sr. Tomás no estaba en el pueblo sino en su parcela, labrando, así que nos dijeron que tendríamos que esperar a que llegara él o el coordinador (coordinador de no sabía qué, pero él es la persona que tiene las llaves del curato).
Mientras Lorena y yo esperábamos, cansadas, medio aburridas y hambrientas, sentadas en la escalinata del templo, frente a la cancha de basquetbol, salieron al paso esta primera tarde dos personas muy recordadas de aquellos tiempos pasados: Clarita, que debe tener mi edad, y Mateo, el hijo más pequeño del catequista Daniel. Supimos (y cuando hablo en plural me refiero a Lorena y a mí) de la muerte de Facundo, hermano de Mateo, hace 4 años, en un enfrentamiento en Chiapas contra el EZLN. Ahora sé qué fue lo que cerró la entrada a los zapatistas en Santa María: un muerto del pueblo, un hijo de la comunidad.
Facundo era un soldado del ejército mexicano (luchando contra otros indígenas como él), pero para mí todavía era un niño, el hijo “sándwich”, el de en medio de tres hermanos que conocí y con los que jugábamos en el pueblo… Facundo el más travieso, inquieto, hiperactivo, el gordito que nos brincaba encima en las mañanas para despertarnos, se hizo soldado y murió acribillado en trifulca armada en los altos de Chiapas a manos de otros muchachitos indígenas, inquietos, morenitos, sonrientes y desmadrosos como él. Tenía casi 24 años al morir, nos informa Mateo (dos años menor que Facundo). O sea que tenía 4 años la primera vez que lo conocí.
No sé qué le voy a decir a su mamá cuando la vea. Creo que me voy a poner a llorar. No sé.




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