sábado, 4 de mayo de 2013

Clara

23 de julio

Nos levantamos a las 7:30, tras una noche tranquila y después de rociar catres y bolsas de dormir con repelente de insectos por miedo a las chinches y cualquier otro bicho posible. Me acuerdo de que Lorena era especialmente susceptible a sus picaduras cuando íbamos a Apoala, así que es la más preocupada por el asunto.

En Santa María uno se para a huevo temprano porque no hay manera de seguir dormido si el camión que va a Ixtlán y a Oaxaca 3 veces por semana (lunes, miércoles y viernes) toca el claxon estruendosamente alrededor de las 4, llamando a su pasaje, y a las 6 comienza a sonar música en el aparato de sonido del pueblo por media hora (tengo que preguntar si es una especie de despertador colectivo). 

Por cierto, algo que me llama la atención es que si bien entre ellos siempre se hablan en zapoteco, al hacer comunicados a través del altoparlante, éstos son invariablemente en español. Los avisos más usuales son sobre cosas a la venta para la comida o el hogar, así que me he puesto a pensar que, si quienes hacen las compras de los artículos que anuncian son las señoras, esto debe indicar que ya todas comprenden el castellano (o xtilha, como le llaman)

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Desayunamos a las 8:30 en casa de Clara, que ayer nos invitó a pasar a su casa, la tercera que le conoceré pues parece que vive en otro lugar desde hace unos años.  Ahora tiene siete hijos, me ha dicho. Cuando la conocí solamente tenía a Felipe, y la última vez que nos vimos, hace diez años, tenía ya cinco. Ayer nos comentó que sus hijos mayores están trabajando o estudiando en la ciudad, y que ahora  viven con ella y su esposo los menores: una muchachita, un chiquillo y un niño muy pequeño.
Conocí a Clara desde la primera vez que vine con Raúl y el grupo de misiones en diciembre de 1979.  Clara se acercaba mucho a nosotros. Ella y yo nos hicimos buenas amigas, pensaba entonces, aunque ahora me doy cuenta de que no fue así: yo era una adolescente de la misma edad que ella, pero Clara ya era una mujer, madre y esposa, con muchas responsabilidades y trabajos cuando yo solamente iba a la escuela y estaba ahí de paso…

Me acuerdo bien que Clara hablaba de sus días de soltera como sirvienta en una casa de Oaxaca con nostalgia. Decía "tonta que es una, que le urge casarse para luego ya qué..." Clarita en esos días todavía vestía de un modo diferente al de las mujeres del pueblo, en un estilo más citadino y moderno aunque sin llegar “al colmo” de ponerse pantalones, como su hermana Silvia, a la que también conocí en uno de mis viajes, y quien con mucha decisión declaraba que “ni loca” volvería a vivir en Santa María. Tal vez, ahora que reflexiono, las dos hermanas eran diferentes de las otras muchachas del pueblo por una razón triste: su mamá había muerto cuando ellas eran niñas, y entonces no hubo quien las formara en las maneras "propias" de la comunidad, en sus expectativas sociales, en su rol...

Con su cabello rizado, sus ojos almendrados, sus facciones finas y su sonrisa perenne, Clara era muy bonita... pero, sobre todo, muy inteligente: siempre interesada en cosas nuevas, siempre hablando de superarse y sintiéndose orgullosa de hablar castellano sin ningún acento indígena. Clara nos hacía preguntas sobre nuestros estudios, sobre nuestras actividades, y nos repetía que era importante “salir del pueblo”, hablar bien español y “saberse manejar” en la ciudad.  Pero Clara tenía entonces  diecinueve años, estaba casada desde hacía uno, y tenía un bebé... no había manera de dejar el pueblo.  Las siguientes veces que volví a verla (abril, julio-agosto y diciembre de 1980, abril y julio-agosto de 1981) tuvimos muy poca ocasión de convivir porque ya tenía otro hijo y sus deberes habían aumentado. 

En abril de 1988, cuando visité la comunidad con Raúl, nuestros hijos pequeños y Manú, un amigo francés, Clara era madre de cinco criaturas, vivía en las afueras del poblado en una choza construida en materiales muy endebles (carrizo, láminas y tierra), sus hijos dormían en el suelo, alrededor del fuego, y aparte de muy pobre, parecía absolutamente infeliz. Su único escape - nos informó con cierta amargura - era el que tenía al ser parte del grupo de canto de la iglesia, y hacía malabares para poder asistir a los ensayos de cada tarde con los muchachos que formaban la rondalla. 

Pues hoy iremos a su casa nueva, que no está en las afueras del pueblo como aquélla en que la visité la última vez que vine a Zoogochí.

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