sábado, 4 de mayo de 2013

"Somos nada más mujeres y no servimos para nada"

Julio 26

Luisa vino a buscarme esta mañana para que fuera a desayunar con ella y de paso me preguntó si no tenía ropa sucia para que aprovechara y la lavara en su casa, después del desayuno (en su pregunta y en su sugerencia puedo sentir un ramalazo maternal que me enternece). Antes de bajar a su casa me detuve en la tienda para comprar una barra de jabón, un poco de pan para compartir, y un paquete de galletas para dar a sus nietecitas.




Mientras yo lavaba mi ropa y ella echaba tortillas, lavaba platos, cocinaba, etc., Luisa y yo platicamos más sobre el tequio y los cambios que se han efectuado en la comunidad y que afectan a las mujeres. Luisa estaba más que dispuesta, deseosa y entusiasmada por contarme todo lo que sabía, se le ocurría y quería decirme sobre el tema. Tendí mi ropa, le pedí permiso para sacar mi cuadernito y un bolígrafo, y ella nada más movió la cabeza diciendo que sí porque lo que le urgía era hablar antes de que nos interrumpiera alguien…


Hace años (no pudo determinar exactamente cuántos) *, las mujeres también ocupaban cargos dentro de la comunidad (no me explicó tampoco en detalle qué cargos). Los topiles (personas que ejercen la función de policía local) acostumbraban pasar casa por casa repartiendo boletas a cada ciudadano (hombre o mujer, mayor de 18 años) donde éstos y éstas anotaban los nombres de las personas que querían que fueran designados(as) para cada cargo. Más tarde, en la agencia municipal, las boletas eran revisadas y contadas. Era de esa manera como se decidía qué persona ejercería qué cargo sin importar si era hombre o mujer. Y a esas personas se las adscribía como candidatos del partido oficial (PRI). De acuerdo con Luisa, esta práctica terminó cuando gente del gobierno estatal les avisó que no debía hacerse así, que ese tipo de votación no era válido (que el topil pasara por las casas recogiendo boletas), y se decidió que las votaciones deberían llevarse a cabo en una asamblea pública y por voto abierto, de viva voz... El resultado, desde ese día hasta hoy, es que siempre ganan los hombres porque ninguna mujer asiste a esas asambleas (la agencia municipal se considera un espacio masculino, y sería muy intimidante para las mujeres entrar en él). 

Con el tiempo la práctica de votar en asamblea pública, sin contar con el voto femenino porque las mujeres no asisten a la reunión, cerró totalmente la posibilidad de elegir mujeres, se volvió costumbre y ahora a nadie se le ocurre que una mujer deba tomar un cargo.

Le pregunté a Luisa si sería posible que uno de estos días las mujeres se presentaran el día en que hubiera alguna asamblea comunitaria y, dieran su punto de vista, votaran. No respondió. Insistí en preguntarle en su opinión qué pasaría… Después de un largo rato de mirar los montes desde su corredor, y con las manos rojas y callosas sumergidas en agua jabonosa porque se puso a ayudarme a lavar mi ropa contra todos mis ruegos para que no lo hiciera- me respondió que a la mayoría de ellas les daría o miedo o pena o las dos cosas al mismo tiempo. Dijo que el peso de la autoridad masculina vale muchísimo más que cualquier cosa que todas las mujeres del pueblo juntas adujeran… Cuando le pregunté por qué, me dijo en voz baja: “pues porque somos nada más mujeres y no servimos para nada”. (Casi lloro).



(Nota: En los valles centrales del estado, y en partes de la Mixteca, el sistema de cargos está aceptando cambios y participación femenina debido al fenómeno migratorio que se ha llevado a los hombres a trabajar al norte. Sobre esto, encontré este trabajo: http://www.colpos.mx/asyd/volumen3/numero1/asd-07-002.pdf

* Es muy curioso para mí notar cómo la exactitud en el tiempo es un concepto que parecen no entender: incluso para decir la edad cuando se la preguntas, iniciando con un "creo que..."

El borracho travesti


Después de desayunar con Luisa y Filomeno me encaminé hacia Santiago Teotlaxco, a una hora a pie de aquí, sobre terracería.  No llegué a tiempo para la misa “solemne”, pero me congregué con la gente, que en el atrio del templo había formado un círculo grande, para ver un rato a los danzantes (baile de los negritos) que se bailaba una y otra vez. Había mucho alcohól: chínguere, tepache, y el paso gratuito de botellas de mezcal para que se le diera el trago a boca de jarro. 

Un señor, el borracho del pueblo, vestido de mujer, contoneándose en parte para parecer provocativa, y en parte porque apenas podía caminar sin hacer eses, se acercaba a hombres y mujeres, quienes se reían, lo empujaban, lo llamaban "pinche puto", a veces le metían mano a las enormes tetas que se había hecho con trapos, al gigantesco nalgatorio que cuando se le resbalaba (trapos también) ostentosamente se lo alzaba con ambas manos, causando chiflidos y más risas escandalosas. Cuando el borracho se acercó a mí yo lo ignoré, me sentía mal, no me gustó el juego... espero no haber ofendido a nadie. 

En un intento de comprender esto del borracho trasvestido y de hacer conversación, le pregunté a una viejita que estaba a mi lado si el hombre es usualmente "así" (gay, trasvesti, no sabía cómo llamarlo), y ella nada más se rió primero, pero ante mi insistencia, respondió: "no, muchacha, ¿no ves que hoy le toca ser el payaso?" Pensé en Bajtin y en el concepto del carnaval, de la transgresión, del cuerpo grotesco... En teoría, entiendo el performance de este hombre, pero ahí, en la plaza del pueblo, en vivo, no me divertía para nada, más bien me hacía sentir mal.

Sólo permanecí unas tres horas porque, aunque la gente de aquí parecía disfrutar el evento, yo estaba un poco aburrida y tenía ganas de leer. Al volver al pueblo lo encontré solitario y silencioso: la mayoría de los pobladores se fue a la fiesta patronal de Santiago o a la de Yagallo. 

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Otro camión de carga vino hoy, justo a tiempo cuando la gente volvía de Teotlaxco como a las 4 o 5.  El camión es de alguien de aquí que se va cada jueves y vuelve los domingos con pollos, cemento, tanques de gas, fruta, materiales plásticos, en fin, todo lo que se necesita o se le haya previamente encargado...  El muchacho  es uno de los que cuando eran niñitos jugaban con nosotros, así que gritó mi nombre desde la cabina, se bajó, me dio la mano muy efusivamente, y luego me regaló unos mangos deliciosos.  Me sentí muy bien porque cada vez que la gente que no me conoce mira cómo me saludan y se sientan a platicar conmigo vecinos de aquí, parece como si me hiciera un poquito más aceptable, menos fuereña...

Pasé a la tienda de Taurino (el cacique, con quien no quiero relacionarme mucho porque por su posición de poder en el pueblo no se le considera realmente “comunidad”) para comprar algún regalito para Olga y Esperanza, que en su inmensa pobreza se empeñaron en darme de comer ayer.  Recordando que Olga me dijo que Wilber, el nieto, ha estado muy enfermo (mencionó vómitos de sangre) y que le habían  recomendado que tomara leche y huevos, compré algo de leche en polvo, avena y maizena para llevarles, y algo algo de atún y chiles enlatados (que parecen gustar mucho aquí, aunque tengan creciendo de modo natural chiles por todos lados) para Esperanza. 

Cené en la cocina de Alicia y me metí al curato a leer y escribir antes de lo usual, un poco por evitar posibles encuentros molestos o momentos bochornosos (la mayoría de los hombres sigue bebiendo a pesar de que ya se ven bastante borrachos). 

Responsabilidades y alegrías


Interesante la plática con  Filomeno, el hijo de Luisa.  Me explicó a grandes rasgos y con mucha  claridad y ejemplos el sistema organizativo que rige en la comunidad.  

Como ya había escrito, todos los hombres mayores de 18 años deben participar en la vida pública del pueblo trabajando en el tequio, cumpliendo con las debidas aportaciones, y finalmente ejerciendo cargos en el gobierno comunitario.  Dependiendo de la responsabilidad con que cumpla su tequio y la calidad de su servicio en éste, los hombres se ganan el respeto de la comunidad. Mientras más respetables sean, y mayor experiencia tengan en lidiar con asuntos que requieran su presencia en la capital, de mayor importancia será el cargo (en el gobierno comunitario, local) que reciban (aquí las elecciones son un performance que se ha acomodado a lo que ya la comunidad ha decidido: ponen como candidato del partido oficial al señor de la comunidad que por decisión del pueblo es quien debe ser el Sr. Autoridad). 

Filomeno después pasó a hablarme acerca de un gran cambio ocurrido hace dos o tres años (unos dicen que dos y otros que tres), cuando en una asamblea comunal decidieron que las mujeres “sin obligaciones” (es decir sin marido) también debían dar tequio por un  año y dar aportaciones (grava, arena, piedras traídas del río; comida si tienen visitantes oficiales; dinero a veces, etc.) Al final de su exposición, Filomeno - visiblemente molesto, aseveró que no cree que esta medida  sea del todo justa, que “hay que pensarle todavía” puesto que a su manera de ver, las mujeres que tienen hijos, aunque no tengan marido, deberían quedar exentas, así como aquellas viudas cuyos maridos cumplieron cabalmente con sus obligaciones comunitarias, y que muchas veces son también madres de quienes están en pleno servicio...  (debe tener en mente a su propia madre, que fue esposa de un hombre que aunque tomaba mucho, siempre sirvió como debía, y cuyos hijos hasta hoy son reconocidos como gente responsable de sus cargos y deberes). Yo le llamé la atención sobre un punto: no es una práctica justa no solamente por lo que él ha mencionado, sino sobre todo - a mi parecer - porque el deber de dar tequio y aportaciones conlleva el derecho de entonces ejercer un cargo... Al escucharme decir esto, la cara de Luisa se iluminó, murmurando "¡Eso, eso!" -- Filomeno, nos miró con asombro y reprobación, y respondió "eso no es así". Y punto.

Algunos números e información que Filomeno me dio sobre los ciudadanos (varones) que cubren los cargos anualmente (hay votaciones para elegirlos a finales de noviembre o el primero de diciembre):

En la Agencia (como Presidente, Tesorero, Secretario, Regidores, Síndico, Vocales, etc.) = ± 15 hombres
En el Comisariato del café (el pueblo comunitariamente produce y vende su café) = ± 15
En las distintas Comisiones (CONASUPO, mantenimiento del templo, salud, agua, educación, caminos, terrenos de la escuela, electrificación, permisos de construcción, etc.) = ± 5 en cada comisión.

Me explicó nuevamente que por todos los años de su vida, entre que se vuelven “muchachos” y se vuelven “abuelitos”, tienen algún cargo, lo que implica horas de reuniones por semana.  Dice que todo es en beneficio del pueblo, pero que lo que es cierto es que aquellos que han cumplido siempre tal cual se espera de ellos, pueden estar seguros de que cuando algo necesiten de la autoridad (permisos para construir y comprar, para irse a trabajar fuera por un tiempo y que la comunidad vele por su familia de algún modo; solicitudes para electrificación o agua, alguna demanda jurídica, etc.), ésta les prestará atención de inmediato.  Que eso es precisamente “hacer comunidad”...

El tequio se presta cuando hay alguna necesidad específica (construcción de algún camino,  reparación de la escuela o el templo, etc.), aunque hay unos que existen permanentemente (la carretera entre Zoogochí y Yagavila, y un tramo de la que sirve a todos estos pueblos, entre Yagila y el entronque con la carretera federal).  Quien falte un día al tequio debe pagar 30 pesos por ese día. 

Imagen tomada del periódico La Vanguardia (México)
El tequio de las mujeres se refiere casi exclusivamente a las actividades relacionadas con el café: siembra, limpia, corte, secado, etc., y por tanto es temporal. Si ellas faltan a un día se les cobra la mitad, pero si por alguna razón no pueden verdaderamente cumplir con éste, no pagan arriba de 50 pesos en total (por el año).

La otra actividad de tequio para las mujeres es hacerse cargo de las necesidades de los trabajadores, ingenieros, maestros, enfermeras, cualquier visitante que venga a hacer alguna labor a Zoogochí. En esos casos ellas se rotan la lavada de la ropa, limpieza de donde vivan, hacerles la comida... Cuando escuché esto, me quedé fría, y con una pena infinita le pregunté si por eso estaba yo recibiendo tantas invitaciones a comer, y eso terminó la tensa plática anterior: Luisa y Filomeno soltaron la carcajada diciendo que me había puesto muy roja, y me dijeron que no, que eso es por pura "gratitud", que yo no vengo enviada por el gobierno ni soy parte de un tequio. Les pregunté por qué gratitud, si no he hecho nada por nadie, y Luisa me respondió: "ustedes de muchacho hacían el favor de visitarnos, nos enseñaron muchas cosas, nos trajeron alegría", y Filomeno añadió: "nuestro grupo de música empezó porque queríamos seguir cantando las canciones que ustedes nos enseñaron cuando éramos chamaquitos..."  ¡Gulp! Sentí entonces no la cara roja, sino un nudísimo en la garganta, los ojos llenos de lágrimas y no sabía ni qué decir. No mencionaron los nutrimpis o la leche en polvo que el DIF enviaba, las vacunas contra el sarampión, las pruebas de esputo para detectar tuberculosis, las pastillas para la oncocercosis que la SSA les hacía llegar por nosotros, ni la ropa usada que llevábamos o las despensas que reuníamos visitando gente y negocios  en Oaxaca, no el andar queriendo enseñarles a construir letrinas o huertos familiares, sino los cantos, los juegos con los niños, la música, las guitarras en la noche alrededor de una fogata... nuestra alegría. Qué poco puede significar mucho, Dios mío, qué poco... y a veces ni eso damos.

A la mesa y a gusto


Julio 25

A las 9 de la mañana fui a desayunar a casa de Luisa, la señora que vino ayer por la tarde a visitarme, una mujer muy amable, de movimientos saves y mirada dulce, con una sonrisa constante y la ropa muy limpia, de unos cincuenta años (calculo... porque cuando les pregunto a las mujeres mayores su edad, la mayoría no la sabe o responde con un "creo que..."). 

La casa de adobe moreno es como Luisa: muy agradable, acogedora, fresca, abierta, grande, con un corredor enorme y una vista espectacular de las montañas.  Cuando llegué, ella me esperaba con tremenda sonrisa en la cara... me hizo sentir como si me estuvieran recibiendo con flores, en casa...

Cuando entre y chulée su casa, me tomó del brazo y me llevó hacia una mesa y silla en el corredor (que funciona como un recibidor, como sala y comedor), pero al ver que ella se metía al pequeño cuartito con el fogón, la seguí y ahí también había mesa y sillas.  Le pregunté entonces si podía sentarme ahí para acompañarla mientras hacía las tortillas.  Luisa se me quedó viendo, sonrió, meneó la cabeza como diciendo “¿quién te entiende?”, y puso una taza de café humeante frente a mí… ¡Ay, este café que me sabe totalmente a “sierra”, el que identifico con el lugar y la gente!... Café cultivado en las parcelitas al lado o alrededor de su casita, o en los terrenos comunales, cosechado, lavado, secado en petates al sol o a veces en el tejado, tostado en el comal al tanteo, molido en el molino del pueblo o en el metate, hervido con canela y panela en el fogón, reposado al lado de las brasas, y servido apenas se haya asentado... 

Le pregunté si ya había desayunado, y cuando me respondió que no, le dije que se sentara conmigo para que no comiera yo sola (un festín: huevos en salsa, frijoles, chiles asados y tortillas recién salidas del comal). Se sirvió, pero entonces pasó su hijo Filomeno, el muchacho que toca en la rondalla junto con su esposa Guadalupe, y Luisa lo llamó a desayunar. Vernos los tres en la mesa me hizo pensar en qué hace que unos me sienten como en los antiguos tiempos, sola, y entren sólo para ofrecer más comida y decirme “reciba, reciba”, y que otros con la sugerencia de que se sienten conmigo, lo hacen. Además, parecen contentos, a gusto conmigo al lado, y esto lo noto en que platicamos entre risas, ellos no se quedan callados por largos períodos hasta que a mí se me ocurra decir cualquier burrada que restablezca la plática, ni se paran a cada rato a traerme más café o algo, ni se la pasan preguntándome si está bien todo...

El tequio de las viejitas y la curiosidad de las jovencitas


Desperté por el ruido de dos camiones que vinieron de Yagila a la venta de despensas.  Bajé a mirar las transacciones, discusiones, ofertas, y después decididí andarme un poco por el camino que va a Yagavila. Al volver al curato me esperaba Luisa, una de las señoras que nos recibían cuando veníamos como “misioneros” y que ahora es para los estándares del pueblito, muy “mayor” (¿unos sesenta años?).  Saqué un par de sillas del curato al corredor y unas manzanas para mantener las buenas maneras, a lo que Luisa respondió sacando de su rebozo una bolsa con aproximadamente medio kilo de café molido y tres huevos criollos. Nos sentamos un buen rato y estuvimos hablando por una hora acerca de los cambios que se han dado en el pueblo en estos veinte años. 
Luisa se muestra nostálgica por como eran las cosas antes, “cuando los jóvenes y los niños eran respetuosos y se sabían comportar”.  Ella encuentra falta de respeto en el hecho de que durante las celebraciones religiosas dentro del templo, los muchachos continúen jugando basketball  en la cancha (que al ser agrandada y renovada quedó prácticamente adosada al templo).  Dice que eso, esa cancha nueva, y la falta de catequistas que verdaderamente enseñen el catecismo a los niños, están perjudicándolos mucho pues éstos crecen “como animalitos”, y es triste que nadie se preocupe por esta “falta de educación”. 

Por otro lado, también me comentó que el nuevo sistema de tequio para las viudas y las mujeres solteras mayores de 18 años le resulta duro, puesto que ella es viuda desde hace cinco años.  El tequio consiste en trabajar un día de la semana para la comunidad, y ese deber no termina sino hasta que sean muy ancianas o estén enfermas. Le pregunté qué actividades eran parte de su tequio, y me dijo que por ejemplo, como ella ya es “abuelita”, le toca hacer las tareas menos duras, como tender el café y el maíz en petates para que se oreen.

Al final de la platicadita con Luisa, caminé con ella a su casa para acordarme de dónde vive, puesto que me ha invitado para que desayune mañana en su casa y, mientras me despedía de ella, apareció nuevamente Isabel, la chica que esta mañana me llevó a casa de Esperanza. 

Isabel me invitó a sentarnos un ratito en el atrio del templo para platicar. Se muestra muy interesada por lo que hago, dónde vivo, en qué trabajo, si no tengo miedo de estar sola… Y en esto de que “anda usted sola, pues”, insiste mucho: en que anduve sola por el monte, en que voy sola por el pueblo, en que iré mañana sola por quién sabe dónde, en que duermo sola en el curato. Tanto repetirme esto, que me pregunto si ahora que he venido sin marido resulto demasiado extraña/chocante para ellos.

Isabel me contó que ella trabajó sirviendo a la maestra del pueblo, pero que ésta recién se fue a otro pueblo, cosa que la entristece porque le gustaba mucho hablar con ella de otras cosas ”diferentes”.  Antes de irse a seguir con sus quehaceres, me preguntó si quiero ir con ella a Teotlaxco mañana, para la fiesta grande del pueblo (cuyo patrón es Santiago, el apóstol). Le dije que, si después de desayunar con Luisa ella todavía está aquí, iremos juntas, pero que si quiere llegar a tiempo a la misa en Teotlaxco, se vaya antes sin esperarme, y que ya nos veremos ahí.

Hoy no hubo invitación a cenar (gracias a Dios porque he comido mucho por hacer los honores a las invitaciones), así que sólo cené un par de plátanos que me regaló Clara esta mañana y un refresco que me trajo Eustolia antes de irse con Lorena... Por cierto, hablando de Eustolia, me llamó la atención que esta mañana vestía pantalones. El uso del pantalón no ha sido aceptable para las mujeres, así que aún las muchachas oriundas de aquí - que lo usan en la ciudad- se lo quitan cuando vienen a la Rinconada, y hasta hoy sólo algunas niñas comienzan a portarlo. Las mujeres visten generalmente hasta la rodilla,  calzan zapatos plásticos, llevan rebozo, y muchas (sobre todo las mujeres jóvenes) llevan colgando del hombro un morral tejido a gancho con figuras de rombos de colores.  

Pueblo chico, infierno grande


Mientras comíamos Esperanza, su hija, Olga y yo, la primera me habló de la organización de mujeres sobre la que tanto en estos días escucho….

Ayer, Alicia (la chica de la tienda, nuera del cacique del pueblo) me dijo que el proyecto de las mujeres que por ahora trabajan criando pollos será un fracaso.  Le pregunté por qué piensa que no funcionará, y respondió que porque es un proyecto “de puras pinches viejas”, en el que por tanto no hay nadie que pueda organizarlas bien, que todas “se hacen bolas solas”, que hay muchos chismes y pleitos entre ellas…

Cuando durante la comida le pregunté a Esperanza qué piensa sobre el proyecto, me dijo que no resulta puesto que los pollos fácilmente se mueren, y así se pierde todo el dinero que las socias habían puesto. Le pregunté si no pensaba que lo van a recuperar en algún momento, y ella enfáticamente me respondió que no, que no se verá de vuelta ese capital porque es para que las delegadas vayan a sus reuniones en Oaxaca, “para que se paseen y conozcan”. Por eso, dice, cuando se dio cuenta de esto, ella que estaba al principio con el grupo decidió abandonarlo porque ya no quiere seguir perdiendo dinero. 

Las razones de Alicia y de Esperanza son diferentes, pero el resultado al fin y al cabo es el mismo: su no participación en un programa para el bien común. Para Alicia, que no tiene problemas económicos, el motivo por el cual el proyecto será un fracaso no es financiero, sino de liderazgo, mientras que para Esperanza será un chasco porque hay una pérdida de dinero importante.

En lo que sí Alica y Esperanza, por separado, coinciden es en un punto: los pollos se están muriendo porque – según ellas - seguramente ya vienen enfermos… Y tal creencia es fruto de ciertas suspicacias que están creando un clima de acusación velada: dejan caer la noción de que a lo mejor Clara los compró ya enfermos a propósito, para curarlos ella misma, "como ella sabe cómo tratarlos y tiene las vacunas y las medicinas..." Como quien no quiere la cosa lo que en realidad están diciendo de ladito es que la cría de pollos es un negocio redondo para Clara... 

Ante tales imputaciones – amparadas bajo el “a lo mejor”, el “tal vez”, etc. - les pregunté a ambas (por separado) si ya se ha dado la ocasión de que Clara cure alguno(s) de esos pollos que supuestamente llegan infectados, y ambas respondieron evasivamente que no saben, pero que podría ser el caso. 

En este pueblo pequeño, el “podría ser” condenatorio tiene el peso de un cerillo encendido en medio de un bosque pequeño… Me preocupo mucho por Clara y todos los proyectos venideros.

Volví al curato después de las 3, absolutamente exhausta tras horas de caminata para arriba y para abajo (igual que mis pensamientos). Me quedé dormida mientras leía un poco acerca de cómo funcionan las redes sociales en estas pequeñas comunidades indígenas asentados en lugares que se sienten remotos a pesar de estar relativamente cerca de las ciudades…

El idioma, seña de identidad y vínculo familiar


Rodeada de niños y niñas que se me fueron pegando en el camino, seguidos todos por dos o tres perros flacos que se unieron a nuestra procesión que jolgoriosamente (e inmisericordemente para mí) avanzaba cuesta arriba, llegué por fin a casa de Olga con una manita en cada una de las mías, gritos y ladridos confundidos entre sí. 

Al vocear su nombre, Olga apareció en el marco de su casita, oscura como la mayoría de estos rumbos porque no tienen ventanas  (¿para qué las necesitan? solamente entran para dormir, su mesa con sillas para comer está o en la choza del fogón, o en el corredor frente al cuarto), y entrecerrando los ojos, me miró, y luego musitó: "¡mamacita! ¿eres tú?". Cuando salió a recibirme, los niños con sus perros desaparecieron corriendo: Olga no es "comunidad"...  

Muy sorprendida de verme, no dejaba de preguntarme qué hago aquí, por qué he vuelto a Sta. María Zoogochí si es un pueblo jodiiiiido. Yo no sabía muy bien qué responderle ("vengo para informarme si hay algo que valga la pena escribir en mi tesis" ? "vengo porque ando muy nostálgica y sin rumbo" ? "vengo porque todos estos años he deseado volver" ?). Le respondí lo mejor que pude: que me gusta mucho este pueblito, que me encanta el campo, que me siento contenta de estar aquí… Al escuchar mi respuesta, Olga se me quedó mirando con una sonrisita rara, como de quien duda o sabe que le están  mintiendo por una razón que ella trataba de atrapar… Me sentí hurgada, y no me gustó nada la sensación. 

Olga está muy envejecida, el blanco de sus ojos sigue siendo amarillento, y ha perdido casi todos los dientes, pero se le ven muy pocas canas. Cuando le pregunté cuántos años tiene, me respondió con un: "Ay, mamacita, quién sabe, pues, ya ni me acuerdo", pero calculo que debe tener poco más de cincuenta. 

Apenas acababa yo de sentarme en una silla de su cocina, cansada después de la subida y bajada de monte que me eché buscando su casa,  cuando ella anunció que sería mejor que fuéramos a casa de su hija Esperanza porque – según dijo – se siente muy sola cuando su marido Rafael no está (se fue a trabajar, como todos los días, al campo) ni su nieto Wilber tampoco…  

¡Wilber! No me acordaba yo de Wilber, que era un chiquitito cuando fuimos Raúl y yo con nuestros hijos: es el hijo mayor de Esperanza, y vive con sus abuelos Olga y Rafael prácticamente desde que nació. Nunca entendí por qué Esperanza prácticamente se los entregó, ni cómo fue que su marido se lo permitió, pero hay tanto misterio alrededor de esta familia, que ya sé que no debo preguntar porque ellos nunca me responderán sino que, en cada ocasión, cambiarán la conversación. 

Mientras caminábamos a casa de Esperanza, Olga me dijo que Wilber no estaba en el pueblo porque se había ido a Yagallo con su papá y dos de sus hermanos (Esperanza ahora tiene cuatro hijos y una hija) a la fiesta patronal, y que sin él ni el esposo en casa, ella prefería no estar. A mi las piernas ya me temblaban de tanto subir y bajar mientras Olga me decía que adora a su nieto Wilber, que quiere sacarlo de Zoogochí y enviarlo a Oaxaca para que siga estudiando ahí la secundaria, pero que se da cuenta de que no es posible para ellos porque no podrían comprar siquiera el billete de autobús a la ciudad... y luego, cómo pagar sus ropas, sus materiales... y no conocen a nadie más que a mis papás en Oaxaca... (a final de cuentas les di a Esperanza y a ella la nueva dirección de mis papás, pero no ofrecí nada especial porque no sé si ellos querrían tener al chico). 

Esperanza ya no es afectuosa con su mamá, sino al contrario: la observé bastante formal y fría con ella. Dijo que no me recordaba, pero que sí sabía quién era yo. No me hice del rogar cuando me invitó a pasar a la cocina... ¡estaba muerta de hambre! Esperanza, con movimientos firmes y rápidos hizo unos huevos fritos, sirvió frijoles, echó tortillas, rebanó aguacate y puso café frente a mí en cuestión de minutos. Le pregunté si ellas no iban a comer (la hija de Esperanza había aparecido, tras el vestido de su abuela... como aparecía Esperanza cuando era la niña querendona - y llorona - que era cuando la conocí), pero respondió que todavía no... Empecé a comer sola, pero platicando mucho con Esperanza, que poco a poco se fue relajando, empezó a hablar y a sonreir. Le pregunté por sus horarios de comida, haciéndole ver que era tiempo para que ellas también comieran. Esperanza estaba renuente a sentarse a comer conmigo, pero después de un momento pareció entrar en confianza y le preguntó a su hija si querría ella también comer. Cuando la niña aceptó Esperanza llamó a su mamá a “tomar un café” (así invitan a la mesa, aunque nunca es para tomar exclusivamente café). Olga educadamente respondió que ya había comido, pero finalmente y ante la insistencia se acercó y dijo que sólo poquito porque no tenía hambre... ¿Son formas de cortesía y formalidades que yo no entiendo, o hay alguna tensión entre madre e hija cuya fuente yo ignoro? Bueno, al final las cuatro estábamos juntas alrededor de la mesa, hablando, riendo y comiendo. 

Hablando... Casi me atraganté cuando un recuerdo me vino a la mente: Esperanza y Olga hablaban entre sí un zapoteco distinto al de Zoogochí, Esperanza y Rafael (su papá) hablaban el zapoteco de Zoogochí (él es de aquí), y Olga-Rafael se hablaban en castellano entre sí porque Olga nunca aprendió el zapoteco de su marido y su hija. Les pregunté si continuaba el asunto de los idiomas de esa manera, a lo que Esperanza con mucha resolución respondió que no, que en su casa solamente se habla "el zapoteco de aquí porque estamos aquí y mi marido, mis hijos y yo somos de aquí..." Olga se agachó... para siempre extranjera en esta comunidad. Les conté que en Estados Unidos, donde ahora vivimos mis hijos y yo, siempre hablamos español entre nosotros, que ése es un vínculo que nos mantiene unidos y nos recuerda quiénes somos y de dónde venimos, que es como un abrazo entre los tres, y que pase lo que pase, se casen con gringas o chinas o alemanas o de donde sea, mis nietos hablarán español con nosotros...

Tras escuchar mi declaración, Olga y Esperanza se miraron, pero no dijeron nada. Un momento largo de silencio, el ángel pasó, bebimos más café, y cambiamos de tema para disipar las emociones que - creo - ninguna de las tres habríamos podido manejar muy bien. Pero el clima definitivamente cambió para bien.

Buscando a Olga


Cuando Raúl y yo vinimos con nuestros hijos Carlos y Dani en 1988, nos quedamos (incluyendo al amigo Manu - Emmanuel Ménard) en casa de Olga y Rafael, extendiendo un petate grande sobre el que poníamos las bolsas de dormir cada noche. Nuestros anfitriones se sentían muy apenados por alojarnos de una manera tan sencilla, y nosotros nos sentíamos muy apenados de que ellos se sintieran mal. La comunidad, tan generosamente como siempre, nos proveía de casi toda la alimentación posible: las invitaciones a desayunar, comer, cenar y a tomar café a veces incluso se duplicaban, así que solamente llegábamos a dormir a casa de Olga y Rafael...

De todas maneras, el camino a su casa, que tanto recorrimos, si no fácilmente, al menos con menos dificultades tendría yo que haberlo encontrado... No fue así, esta mañana me pasé HORAS tratando de llegar a su casita...

No hay propiamente calles, sino veredas subiendo y bajando montaña, con bifurcaciones cada veinte o cincuenta metros, cuyos cabos de camino se pierden entre maizales, cafetales, arbustos y árboles. Como mi sentido de orientación tal vez exista pero nunca lo he encontrado, no pude hallar por mí misma la casa de Olga dentro del pueblo... Imposible para mí reconocer el camino a su casa más de diez años después de haberlo andado mis pies para llegar a ésta...

Pero, buscándola, hoy fui a parar al chorro de agua, donde se bañaban unos niños y bañaban a su puerco con ellos. Era una escena muy animada: tres niños de entre cinco y doce años - calculo -, cubiertos de jabón y parlando a grandes voces en zapoteco (pero mentando madres en perfecto castellano-mexicano), jabonaban al animalote que gruñía y cabeceaba tratando de evitar las manitas pequeñas que lo empujaban, sostenían y tallaban con ahínco. No me ofrecí a echar la mano: me dio miedo, pero me entretuve observando el asunto y riendo junto con los niños a cada rato, cuando uno de los cuatro se sumergía en el chorro de agua.

Mientras contemplaba el circo infantil, pasó Isabel, una chica (diecitantos años) que iba “para allá arriba” y me invitó a caminar juntas. Acepté, y así lo hicimos: echar cuesta arriba por los caminos - todos para mí iguales - que ella diferencia sin siquiera mirarlos. Hablábamos entretenidas, cuando una voz que yo apenas escuché (hablando zapoteca), la llamó: era su mamá, pidiéndole que se apresurara a ayudarla en desyerbar los maizales que crecen alrededor de su casa. Como ni la mamá ni la chica aceptaron mi ayuda (sinceramente me alegró: no estoy segura de aguantar más de una hora bajo este sol y con este calor), yo continué mi camino hacia el monte, con la intención de conocer la vereda que toman los que van por leña o que llevan a pastar a sus animales.  Fue una caminata dura, dada mi nula condición física... 

De regreso Isabel se ofreció a mostrarme el camino a casa de Olga.  

El mal de Olga

Al quedarme “sola”, pensé en ir a visitar a Olga y Rafael, una pareja que siento de alguna manera cercana a mi familia ya que a principios de 1980 Olga vivió en casa de mis papás por unos meses, cuando la llevamos a Oaxaca porque estaba enferma. 

En esa ocasión, Olga dejó solos aquí a Rafael y a la que yo creía su única hija, Esperanza, de 12 años, que entonces era una chiquilla muy apegada a su madre (me acuerdo cómo se le abrazaba, lo afectuosas que eran la una con la otra, qué mimosa era la Esperanza con ella), y a mí nunca se me ocurrió preguntarle quién los atendería. Claro, entonces yo era una adolescente que poco entendía el papel de las mujeres en una comunidad campesina en las que la mujer-esposa-madre es absolutamente esencial para que la familia funcione: sin alguien en casa que les prepare la comida y se la lleve al campo, los hombres no podrían laborar la tierra de sol a sol, como lo hacen, ni cuidar la casa y los animales, a los hijos y muchas veces a los abuelos. Ahora, ya con la experiencia de vida que no tenía entonces, puedo imaginar lo difícil que debe haber sido para la familia prescindir de Olga por los varios meses que vivió en Oaxaca.

¿Qué tenía Olga entonces? Misterio de misterios: los doctores nunca pudieron diagnosticarla ni curarla. Describía sus síntomas de una manera que los médicos de la ciudad no entendían: términos vagos, espirituales, cargados de referencias a brujería y males causados por el rechazo de sus vecinos, atribuidos a alguna mujer que le quería robar al marido, o al espíritu de algún muerto, o tal vez provocados por un “mal aire”, o un “mal de ojo”… cosas así. Los doctores – mi papá y mi tío Javier entre ellos – vieron que se le hicieran análisis generales, pero aparte de un poco anémica, no le encontraron nada que provocara su decaimiento general. Terminaron recetándole vitaminas, antiparasitarios intestinales, descanso y distracción. La atención pareció mejorarla.

Me acuerdo que un día mi mamá entró a la cocina con horror pintado sobre toda la cara, comentando en susurros y con gestos de espanto que Olga le había dicho que esa mañana se había sacado una bola de “cosa mala” de la panza. “¿¿¿¿¿Queeeeeeeeeé??????”, preguntamos mis hermanos y yo con la piel de gallina y la boca retorcida de asco. “Dice que se estuvo sobando en la noche porque sentía como piedritas en el estómago, y que al levantarse vio una maraña de tierra, piedritas, pelos y “cosas” hechas una bola, al lado de ella”. Brujería, magia negra, vudú, cosas pavorosas del más allá nos vinieron a la mente con terror… (los genes de mi mamá en acción). Mi papá (con otros genes, más prácticos y centrados que los de mi mamá) no hizo ni un gesto, solamente se paró de la mesa, fue al cuarto de Olga, la interrogó, y volvió diciendo que estaba bien, que no había pasado nada, que si ella creía que lo malo ya se le había salido del cuerpo – como fuera, sin especificaciones – empezaría a curarse. Y así fue.

A los dos o tres días llegó Rafael por ella y ambos volvieron al pueblo, contentos. Desde ese día, al despedirse, hasta este día al platicar sobre ellos conmigo, Olga se refiere a mis papás como “padre” y “madre”... O sea que, visto así, Olga y yo somos hermanas... pero aún así no soy parte del pueblo porque Olga - casada con un nativo de Zoogochí desde hace una vida, y residiendo en este pueblo desde hace tanto tiempo - sigue siendo forastera: el que no haya nacido dentro de la demarcación zoogochina ni hable el dialecto específico del zapoteco que aquí se habla la excluyen de la comunidad de manera contundente. 

Tal vez ésa haya sido la enfermedad que padecía (y dice todavía padecer) Olga: no pertenencia... Y, para eso, aparentemente no hay cura. 

La niña que quiere salir del pueblo y el viejito que quiere quedarse...


Julio 24

Lorena se fue hoy a las 10 de la mañana, después de que desayunamos con Marisol, Ricardo y los hijos de ambos. Estos, contrariamente a la costumbre antigua de sentar a los invitados y apartarse para que coman solos, se sentaron con nosotras a la mesa (excepto Marisol y su hija mayor, pero pudo haber sido por la falta de sillas).  Marisol había discutido con Ricardo para que dejara ir a Eustolia, la niña de 11 años que tiene ganas de conocer Oaxaca, con Lorena. Ricardo se negaba diciendo que le preocupa que la hagan trabajar cuando todavía es tan pequeña, cuando todavía no sabe hacer nada que valga para que le den la comida. Lorena le respondió varias veces que ella la está invitando para ir de paseo, como de vacaciones, no para que sea su sirvienta, pero Ricardo no daba su a brazo torcer. Mientras Lorena y Ricardo hablaban y yo escuchaba (igual que los niños, que andaban alrededor con la oreja parada y los ojos bien abiertos), Marisol empezó a meter la ropa de Eustolia en una mochila diciendo que sólo lo hacía en caso de que sí se fuera… 

Ricardo podrá ser el hombre de la casa (¡y vaya que tiene fama de macho!), pero Marisol manejó la situación de tal modo que finalmente se hizo lo que ella tanto quiere: que su hija salga de casa y conozca la ciudad. ¿Por qué es esto tan importante para ella? Creo percibir que es como un ritual que las niñas deben cumplir. Si lo hacen, tendrán otro estatus social: las que sirvieron en la ciudad, las que aprendieron a llevar una casa “buena” (la palabra que han usado Marisol y Clarita), las que tuvieron la oportunidad de “conocer”, se visten de otra manera, se comportan con otro aire seguro, y se casan con hombres que tienen cargos de mayor importancia en la comunidad. “Que no sean unas burras, como animalitos de campo, pues”, añade Marisol, sonriendo al haber triunfado.   

La mochila hecha, el papá medio convencido, la mamá radiante y la niña feliz, bajamos a la cancha para que Lorena partiera con su invitadita. La esperaba una mujer que ayer se acercó para preguntar si podría Lorena llevarlas - a ella y a sus dos hijas - a Ixtlán. Lorena le había dicho que sí, pero hoy cuando vimos, venían hacia el coche no sólo madre e hijas, sino que traían con ellas a un anciano ciego, papá de la señora, que se mostraba muy renuente a ir. ¿Por qué no dijo ayer que también él vendría? – le preguntó Lorena. “¡Ay, es que no sabíamos si podríamos arrastrarlo porque dónde que quiere ir”, nos respondió, sudorosa, roja y visiblemente cansada.

Lo que pasa (entre regaños al viejito y subir sus cosas al coche nos cuentan) es que quieren llevarlo a ver al doctor a ver si le operan el lunes los ojos, pero el señor un rato dice que sí y otro que no, y ella ya no sabía qué hacer (sino empujarlo, materialmente, como lo hacía en ese momento).  Por fin lograron entre las tres subirlo al coche con muchas dificultades y entonces Lorena, llevándose a sus tres pasajeros y a su invitada, arrancó… solamente para detenerse abruptamente cien metros más adelante porque el viejito casi brincó por la ventana en su desesperación por escapar...  Habría sido cosa de risa si no hubiera sido por la lástima que daba ver la angustia del anciano y la frustración de su hija. Tuvieron que bajarlo y yo fui a traerlo del brazo para sentarlo en la agencia a esperar que algún familiar fuera recogerlo. (Llegaron con él, y tal como lo trajeron - regañado - se lo llevaron). 

Raro, pero me sentí un poco sola cuando Lorena y su coche desaparecieron tras la cuesta. Fue cuando otra vez pensé en el curita de Santa Cruz: estas comunidades están tan emparentadas y se conocen tanto después de generaciones y generaciones viviendo lado a lado, que cualquiera de fuera será siempre de fuera… Ellos son una familia de quinientas personas con una historia común que se remonta a cientos de años atrás. Nosotros somos nada más que residentes, visitantes, pasajeros, conocidos. 

Final del día


"Junto a ti al final de la tarde..."


Lorena y yo fuimos a la “comidería” de Alicia, nuera del cacique del pueblo, el que tiene en su tienda de comestibles el teléfono “público”. Alicia tiene montada una operación pequeña en su cocina, donde guisa para los que vengan de fuera (choferes de los camiones, comerciantes ambulantes, misioneros, visitantes en general).  Yo tenía curiosidad por ver cómo funciona la cosa (no nos dijo casi nada, aduciendo que “son cosas de mi suegro y mi marido”, pero al menos aprovechamos para ver si se podía conectar mi laptop al teléfono y leer el correo electrónico.  Y sí, se puede, pero resulta muy caro porque me cobraron 5 pesos por minuto de uso (aproximadamente 50 centavos de dólar)… en una línea muy lenta.   

Al salir de lo de Alicia, vimos que iba llegando al pueblo un camión grande, de Yagila, cargado con mucha mercancía. Muchas mujeres y niños salieron de sus casas y aparecieron de por todas las veredas para sopesar los tomates, huevos, ajos, cebollas, algunas legumbres un poco viejas, jabones y detergentes, trastes, maíz, frijol, arroz, café y golosinas. Entre los compradores vi a Estela, la hija de Daniel, y me acerqué a ella, que evidentemente me había reconocido (sentí su mirada sobre mí, por eso fue que la localicé), pero se hizo como que no me recordaba… Me preguntaba si también ella, al igual que sus papás, se pondría a cuestionar mi divorcio de Raúl. 

Estela nos habló en español, de una manera mucho más fluida que la última vez que nos vimos, en que apenas pronunciaba unas cuantas palabras. Estela nunca salió del pueblo, siempre ha permanecido aquí y no terminó la primaria (información no pedida, pero obtenida gratuitamente de Marisol). Su mamá, Agustina, nunca fue a la escuela, por eso habla sólo unas cuantas palabras y frases en castellano.  Ambas parecen comprender todo, pero no han querido (ni antes, ni hoy) decir ni frase en él conmigo. La esposa de su hermano Domingo se aproximó al verme hablar con ella y se presentó con mucha cortesía. Ella no tuvo ninguna dificultad para hablar español con soltura. Como quien no quiere la cosa nos dijo que también habla inglés porque estuvo trabajando en Los Ángeles por unos años.

Al llegar al curato, Moisés - hijo de Daniel y hermano de Estela - nos esperaba para avisarnos que sus papás nos invitan a merendar. Lorena y yo le respondimos que ya nos habían hecho el favor de convidarnos café y frijoles al mediodía, que no se molestaran por nosotras por favor, pero él nos contestó que de todos modos nos esperaban...

Llegamos a su casa como a las 8 de la noche – caminando por las veredas oscuras con una lámpara de mano -y, como siempre ha ocurrido en esa casa, nos sirvieron el café, el pan, la salsa y las tortillas con mucho comedimiento, pero se alejaron después de decir repetidamente “reciban, por favor, reciban”.  Sólo la generación nueva permaneció un rato en la cocina y tomó café con nosotras, que un poco cohibidas, dimos las gracias y nos fuimos una media hora más tarde.

Ya estábamos acostándonos cuando, como a las 9 y media, vino a preguntar por mí uno de los catequistas que conocí hace tantos años, Gregorio.  Me dio mucho gusto verlo, recordar juntos a Niko (el misionero jesuita anterior, alemán también), los nombres y anécdotas de los otros compañeros que venían con nosotros, del retiro que organizamos en Yagila, con tiendotas de campaña y carpas, con cocina portátil que administraba diligentemente Vero, con fogatas nocturnas y misa alrededor de ella… y nuestros cantos. Platicamos también de los cambios que ha habido en el pueblo (de construcciones, de transporte, de servicios, de mentalidad). Me preguntó mucho por Raúl, y aunque le dije que ya nunca lo veo, le mandó muchos saludos…

Antes de despedirse, Gregorio mencionó algo muy interesante: que desde hace dos años aproximadamente, el tequio que se asignaba tradicionalmente a todo ciudadano varón de 18 años en adelante, se ha extendido a las mujeres también (aunque sólo en el campo, no en las obras de reparación de carretera o construcciones dentro del pueblo), y que sólo quedan exentas de éste las mujeres casadas. 

¡Ajum! ¡Estoy exhausta! Once de la noche, todo oscuro y dormido, muy silencioso…¡Qué bello es todo esto aún dormido... y qué nostálgica me ha dejado la conversación con Gregorio! De cara al cielo estrellado, magnífico, canto en voz bajita la canción que cantábamos hace dos o tres vidas, antes de meternos en nuestros sacos de dormir: 

"Junto a ti al caer de la tarde, y cansados de nuestra labor, te ofrecemos con todos los hombres el descanso, el trabajo, el amor..."  

Las ñoras


Las ñoras


Después de dejar la casa de Daniel y Agustina, Lorena y yo subimos al centro de la población. Tal vez tenga que explicar en este punto que cuando dijo “subir” y “bajar” es porque ningún otro verbo quedaría bien: el pueblo entero está desparramado sobre la ladera de una montaña entre una cadena de montañas, y su centro se encuentra en una mínima meseta en la parte más alta y semi-plana, que es donde llega el camino de terracería que viene de Yagila y Yagavila, y que continúa hacia Yaneri. Al hablar del “centro” me refiero al cuadrado donde está la cancha de basquetbol donde cada tarde hay muchachos jugando, la iglesia bastante abandonada a un lado, y la agencia municipal con el Curato dando de cara a las montañas.

Al centro llegamos resoplando, y ahí nos encontró Clara, quien nos comentó que el grupo de mujeres que se han organizado para traer proyectos económicos de autosuficiencia a Zoogochí se estaba reuniendo para discutir "un asunto". Fui al curato por un cuaderno de notas (en la noche, o temprano en la mañana, es cuando transcribo mis apuntes al laptop), la cámara (Lorena no se desprende de la suya, pero yo fui por la mía también), y por unas fotos (que tomó Raúl, yo, o algún otro del grupo misionero con el que veníamos Lorena y yo hace veinte años y que no olvidé meter entre mi mochila antes de venir) antes de volver corriendo donde  Clara y el grupo, que se iba juntando poco a poco...  

Al ir pasando las fotos entre las asistentes, y cuando las veían, las viejitas, señoras y muchachas rieron mucho, recordando y comentando acerca de sus abuelas, mamás, ellas, sus hijas, y cómo eran entonces.  Me impresionó entregar algunas de esas fotos a las retratadas porque entonces, cuando las fotos fueron tomadas, eran unas jovencitas, o unas muchachas recién casadas… y ahora, al recibirlas, son unas señoras maduras… en algunas casos, unas mujeres viejas…  Su vida, evidentemente, es muy dura, y la alimentación no es buena.

Las señoras comenzaron a llegar como a las 4:30, pero estuvieron todas (tal vez unas treinta) reunidas hasta más o menos las 5. Yo estaba dale y dale con la pregunta “¿pero a qué hora están citadas? ¿a qué hora es cuando comienzan sus reuniones?”, hasta que Clara me respondió que las reuniones comienzan a la hora en que están todas, no cuando determinada hora y minutos suenen…  

Varias mujeres de Zoogochí, lideradas por Clarita, se han conectado con una ONG de la ciudad de Oaxaca que, según me dicen, pone el 50% del financiamiento para los proyectos que decidan poner en marcha, y el otro 50% lo ponen ellas, las mujeres de Santa María Zoogochí. Clara es la presidenta y nos cuenta que han trabajado con otros programas, pero que en esta ocasión han traído pollos. Los pollos, nos aclara, fueron repartidos a cada una de las cooperativistas para que ellas los criaran por sus propios medios, pero que – cuando éstos sean vendidos –, las ganancias (de haberlas) se reinvertirán en ese mismo o en otro proyecto (por ejemplo, tienen en mente uno de siembra de maíz y frijoles).

La reunión fue al aire libre, en la cancha de básquet, pero yo la observé desde lejos porque no habría podido comprender nada puesto que hablan en zapoteco. Llegaron mujeres de todas las edades: desde ancianas y señoras maduras, hasta jovencitas cargadas con sus bebés en las espaldas y algunas niñas. No me pareció muy participativa, sino más bien centrada en torno a la palabra de Clara y a algunas intervenciones tímidas de otras tres o cuatro mujeres jóvenes. Finalizó alrededor de las 6:30, hora en la cual deben volver a sus casas para recalentar los frijoles, el café y las tortillas para los hombres que vuelven del campo cuando comienza a oscurecer.

Daniel, Agustina y sus hijos


Daniel, Agustina y sus hijos


De vuelta del río nos detuvimos en casa de Daniel, quien nos invitó a pasar y tomar un café y comer frijoles y tortillas. 

Daniel, casado con Agustina, era el principal catequista del pueblo cuando fuimos por primera vez en 1979. 

Entonces solamente tenía cuatro hijos: Estela, la mayor, que al siguiente año se casó con un músico de la banda (ambos tenían diecisiete años cuando se casaron), 




el primer hijo varón, Domingo (entonces de seis años): 


Facundo (de cuatro… el que años después se hizo soldado y murió en un enfrentamiento en Chiapas), y Mateo, un nene de dos añitos que era una ternura mocosa y dulce corriendo descalzo detrás de sus hermanos.


Esta familia era quien nos hospedaba, compartiendo el cuarto grande donde todos dormían y donde nosotros tendíamos nuestras bolsas de dormir sobre petates o periódicos. Agustina reía mucho tapándose la boca al hacerlo, y no hablaba sino zapoteco. Daniel solamente platicaba con los chicos del grupo, ignorándonos a las mujeres la mayor parte de las veces. Estela, la hija, al igual que su mamá, reía todo el tiempo pero hablaba poco con nosotras, las chicas del grupo. Era por eso que con quienes jalábamos todo el día, de arriba para abajo, era con Domingo, Facundo y Mateo. Ellos eran nuestros pequeños guías, y Domingo muchas veces funcionaba como nuestro intérprete pues, al ir ya a la escuela primaria, hablaba castellano sin problemas.


Cuando en la primavera de 1988 visitamos Santa María después de varios años de no hacerlo, conocimos a la siguiente “camada”: otros tres niñitos, pero no tuvimos con ellos el mismo contacto cercano que habíamos tenido con los primeros… tal vez porque entonces ya teníamos a nuestros propios hijos, y el estar pendiente de ellos nos impidió acercarnos de la manera en que lo hacíamos cuando íbamos solteros, a los niñitos del pueblo.

Con Daniel, Agustina y los tres hijos menores (de 23, 17 y 15 años respectivamente), ahora vive tambiénla mamá de Agustina porque hace tres años (curiosamente nadie recuerda cuántos exactamente) murió su marido y quedó sola. Con ellos, temporalmente, están Domingo (quien emigró a California por unos años y volvió no hace mucho con su mujer, hoy su esposa -no nativa de Zoogochí-) y la pequeña hija de ambos. Nos cuentan muy emocionados que Domingo está terminando de construir su casa allá abajo, cerca de la escuela, en estos días.

Hablamos poco con Daniel y Agustina. Igual que antes, son reservados. Para mí, además, es un poco difícil  charlar con ellos porque no dejan de hablar de Raúl y preguntarme sobre él (aunque ya les he dicho que nos divorciamos hace años), y continúan mencionándolo. Para terminar con esta incómoda situación, fríamente dije: "Bueno, yo he vuelto, ¿ha vuelto él? Cuando lo vean, si es que alguna vez viene de visita, le preguntan todo directamente a él porque nosotros ya no tenemos prácticamente ningún contacto".

Qué feo, ya sé, pero... ¿qué podía hacer o decir? (Espero que no se hayan ofendido).