Desperté por el ruido de dos camiones que vinieron de Yagila a la venta de despensas. Bajé a mirar las transacciones, discusiones, ofertas, y después decididí andarme un poco por el camino que va a Yagavila. Al volver al curato me esperaba Luisa, una de las señoras que nos recibían cuando veníamos como “misioneros” y que ahora es para los estándares del pueblito, muy “mayor” (¿unos sesenta años?). Saqué un par de sillas del curato al corredor y unas manzanas para mantener las buenas maneras, a lo que Luisa respondió sacando de su rebozo una bolsa con aproximadamente medio kilo de café molido y tres huevos criollos. Nos sentamos un buen rato y estuvimos hablando por una hora acerca de los cambios que se han dado en el pueblo en estos veinte años.
Luisa se muestra nostálgica por como eran las cosas antes, “cuando los jóvenes y los niños eran respetuosos y se sabían comportar”. Ella encuentra falta de respeto en el hecho de que durante las celebraciones religiosas dentro del templo, los muchachos continúen jugando basketball en la cancha (que al ser agrandada y renovada quedó prácticamente adosada al templo). Dice que eso, esa cancha nueva, y la falta de catequistas que verdaderamente enseñen el catecismo a los niños, están perjudicándolos mucho pues éstos crecen “como animalitos”, y es triste que nadie se preocupe por esta “falta de educación”.
Por otro lado, también me comentó que el nuevo sistema de tequio para las viudas y las mujeres solteras mayores de 18 años le resulta duro, puesto que ella es viuda desde hace cinco años. El tequio consiste en trabajar un día de la semana para la comunidad, y ese deber no termina sino hasta que sean muy ancianas o estén enfermas. Le pregunté qué actividades eran parte de su tequio, y me dijo que por ejemplo, como ella ya es “abuelita”, le toca hacer las tareas menos duras, como tender el café y el maíz en petates para que se oreen.
Al final de la platicadita con Luisa, caminé con ella a su casa para acordarme de dónde vive, puesto que me ha invitado para que desayune mañana en su casa y, mientras me despedía de ella, apareció nuevamente Isabel, la chica que esta mañana me llevó a casa de Esperanza.
Isabel me invitó a sentarnos un ratito en el atrio del templo para platicar. Se muestra muy interesada por lo que hago, dónde vivo, en qué trabajo, si no tengo miedo de estar sola… Y en esto de que “anda usted sola, pues”, insiste mucho: en que anduve sola por el monte, en que voy sola por el pueblo, en que iré mañana sola por quién sabe dónde, en que duermo sola en el curato. Tanto repetirme esto, que me pregunto si ahora que he venido sin marido resulto demasiado extraña/chocante para ellos.
Isabel me contó que ella trabajó sirviendo a la maestra del pueblo, pero que ésta recién se fue a otro pueblo, cosa que la entristece porque le gustaba mucho hablar con ella de otras cosas ”diferentes”. Antes de irse a seguir con sus quehaceres, me preguntó si quiero ir con ella a Teotlaxco mañana, para la fiesta grande del pueblo (cuyo patrón es Santiago, el apóstol). Le dije que, si después de desayunar con Luisa ella todavía está aquí, iremos juntas, pero que si quiere llegar a tiempo a la misa en Teotlaxco, se vaya antes sin esperarme, y que ya nos veremos ahí.
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