sábado, 4 de mayo de 2013

El plan



Oaxaca de Juárez, Oax.
Julio 21, 1999.

Me pongo a escribir la primera entrada del “diario de la sierra”.  Pensaba que encontraría en alguna parte el diario que llevé la primera vez que fui a Santa María Zoogochí, 20 años atrás, y que éste me ayudaría a narrar cómo eran entonces la situación y las personas (al menos como yo las veía) que conocí en esos días, y así establecer un contexto, una perspectiva.  Pero se jodió la cosa: no hallé ni el cuaderno ni algunas fotos de aquellos días  porque en la Gran Mudanza (léase emigración a país extranjero) se me perdió todo... así que hoy, con las manos vacías, pero con la memoria llena, me siento a escribir con disciplina los "antecedentes". 

Fui por primera vez al que con acierto y poesía llaman "el rincón" o "la rinconada" serrana en diciembre de 1979. Tenía dieciocho años, un idealismo en carne viva, un novio barbón y de pelo largo del que estaba enamoradísima, y unos amigos que compartían el mismo sueño de cambiar el mundo antes de que el mundo nos cambiara a nosotros (palabra de Mafalda, capítulo A, versículo N). En el rincón serrano pasé las vacaciones escolares de navidad, semana santa y verano de los siguientes tres años, deteniendo mis andanzas solamente cuando nacieron mis hijos (1982 y 1983)...  

En aquella época era una verdadera odisea llegar a esos pueblos (Yagila, Teotlaxco, Yagavila, Zoogochí, Yaneri, Josáa, Tiltepec...) porque la carretera federal-estatal de la ciudad capital a la sierra norte era (y todavía es) un serpenteo pavimentado, estrecho y sujeto a accidentes naturales (deslaves, hundimientos, desprendimientos de rocas, caídas de árboles) que escala y luego desciende montañas magníficas, pero difíciles de mantener en forma.  La distancia entre Oaxaca e Ixtlán, que era hasta donde llegaba el camino asfaltado, se cubría en unas dos horas.  Una vez pasado Ixtlán, se tomaba una brecha de terracería en la cual sólo podían aventurarse camionetas de doble tracción, bestias de carga y personas a pie. Después de aproximadamente seis horas en tal camino, se llegaba al paraje conocido como "El Portillo", o a otro llamado "Las Bodegas", sitios desde los cuales -dependiendo de la época del año, de lluvias en verano, o de hielo y agua-nieve en invierno - había que dejar la camioneta porque ya le era imposible continuar avanzando... y cargarnos nosotros a la espalda las mochilas, las bolsas de dormir, los alimentos que lleváramos, así como repartirnos las lámparas y los bidones de gasolina que utilizaríamos para prender las Coleman por las noches (porque por supuesto, no había electricidad en esa zona). Ya cargados echábamos a andar por otras tres horas hasta San Juan Yagila, el primer pueblito de nuestro rosario misionero al que llegaba la brecha en que se había convertido la "carretera".  

En cada ocasión en que fui a Zoogochí pasé la noche ahí, en Yagila, y al día siguiente iniciaba la caminata a Zoogochí. Tres horas más tarde aparecía ante la vista el cementerio y luego el campanario... El pueblito de unas 500 almas, encaramado en lo alto de montañas monumentales, estaba enseguida.

Llegar a Santa María Zoogochi a fines de los setenta era toda una odisea que requería primeramente una camioneta de doble tracción, y luego una buena condición física más un ánimo positivo. De lo primero se encargaba en conseguir o los papás de alguno del grupo, o el DIF (si es que llevábamos algún programa de alimentación, como los "nutrimpis", las barritas de chocolate de leche llenas de vitaminas y proteínas que el gobierno regalaba a las escuelas y a los niños en áreas rurales o económicamente jodidas), o la Secretaría de Salubridad y Asistencia (la SSA) si es que estábamos dispuestos a tomar frotis y escupitajos para pruebas de tuberculosis, o a administrar vacunas, o a promover algún conocimiento sanitario.  De lo segundo (la buena condición física y el ánimo positivo) se encargaba nuestra edad. 

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