Julio 25
A las 9 de la mañana fui a desayunar a casa de Luisa, la señora que vino ayer por la tarde a visitarme, una mujer muy amable, de movimientos saves y mirada dulce, con una sonrisa constante y la ropa muy limpia, de unos cincuenta años (calculo... porque cuando les pregunto a las mujeres mayores su edad, la mayoría no la sabe o responde con un "creo que...").
La casa de adobe moreno es como Luisa: muy agradable, acogedora, fresca, abierta, grande, con un corredor enorme y una vista espectacular de las montañas. Cuando llegué, ella me esperaba con tremenda sonrisa en la cara... me hizo sentir como si me estuvieran recibiendo con flores, en casa...
Cuando entre y chulée su casa, me tomó del brazo y me llevó hacia una mesa y silla en el corredor (que funciona como un recibidor, como sala y comedor), pero al ver que ella se metía al pequeño cuartito con el fogón, la seguí y ahí también había mesa y sillas. Le pregunté entonces si podía sentarme ahí para acompañarla mientras hacía las tortillas. Luisa se me quedó viendo, sonrió, meneó la cabeza como diciendo “¿quién te entiende?”, y puso una taza de café humeante frente a mí… ¡Ay, este café que me sabe totalmente a “sierra”, el que identifico con el lugar y la gente!... Café cultivado en las parcelitas al lado o alrededor de su casita, o en los terrenos comunales, cosechado, lavado, secado en petates al sol o a veces en el tejado, tostado en el comal al tanteo, molido en el molino del pueblo o en el metate, hervido con canela y panela en el fogón, reposado al lado de las brasas, y servido apenas se haya asentado...
Le pregunté si ya había desayunado, y cuando me respondió que no, le dije que se sentara conmigo para que no comiera yo sola (un festín: huevos en salsa, frijoles, chiles asados y tortillas recién salidas del comal). Se sirvió, pero entonces pasó su hijo Filomeno, el muchacho que toca en la rondalla junto con su esposa Guadalupe, y Luisa lo llamó a desayunar. Vernos los tres en la mesa me hizo pensar en qué hace que unos me sienten como en los antiguos tiempos, sola, y entren sólo para ofrecer más comida y decirme “reciba, reciba”, y que otros con la sugerencia de que se sienten conmigo, lo hacen. Además, parecen contentos, a gusto conmigo al lado, y esto lo noto en que platicamos entre risas, ellos no se quedan callados por largos períodos hasta que a mí se me ocurra decir cualquier burrada que restablezca la plática, ni se paran a cada rato a traerme más café o algo, ni se la pasan preguntándome si está bien todo...

No hay comentarios:
Publicar un comentario