"Junto a ti al final de la tarde..."
Lorena y yo fuimos a la “comidería” de Alicia, nuera del cacique del pueblo, el que tiene en su tienda de comestibles el teléfono “público”. Alicia tiene montada una operación pequeña en su cocina, donde guisa para los que vengan de fuera (choferes de los camiones, comerciantes ambulantes, misioneros, visitantes en general). Yo tenía curiosidad por ver cómo funciona la cosa (no nos dijo casi nada, aduciendo que “son cosas de mi suegro y mi marido”, pero al menos aprovechamos para ver si se podía conectar mi laptop al teléfono y leer el correo electrónico. Y sí, se puede, pero resulta muy caro porque me cobraron 5 pesos por minuto de uso (aproximadamente 50 centavos de dólar)… en una línea muy lenta.
Al salir de lo de Alicia, vimos que iba llegando al pueblo un camión grande, de Yagila, cargado con mucha mercancía. Muchas mujeres y niños salieron de sus casas y aparecieron de por todas las veredas para sopesar los tomates, huevos, ajos, cebollas, algunas legumbres un poco viejas, jabones y detergentes, trastes, maíz, frijol, arroz, café y golosinas. Entre los compradores vi a Estela, la hija de Daniel, y me acerqué a ella, que evidentemente me había reconocido (sentí su mirada sobre mí, por eso fue que la localicé), pero se hizo como que no me recordaba… Me preguntaba si también ella, al igual que sus papás, se pondría a cuestionar mi divorcio de Raúl.
Estela nos habló en español, de una manera mucho más fluida que la última vez que nos vimos, en que apenas pronunciaba unas cuantas palabras. Estela nunca salió del pueblo, siempre ha permanecido aquí y no terminó la primaria (información no pedida, pero obtenida gratuitamente de Marisol). Su mamá, Agustina, nunca fue a la escuela, por eso habla sólo unas cuantas palabras y frases en castellano. Ambas parecen comprender todo, pero no han querido (ni antes, ni hoy) decir ni frase en él conmigo. La esposa de su hermano Domingo se aproximó al verme hablar con ella y se presentó con mucha cortesía. Ella no tuvo ninguna dificultad para hablar español con soltura. Como quien no quiere la cosa nos dijo que también habla inglés porque estuvo trabajando en Los Ángeles por unos años.
Al llegar al curato, Moisés - hijo de Daniel y hermano de Estela - nos esperaba para avisarnos que sus papás nos invitan a merendar. Lorena y yo le respondimos que ya nos habían hecho el favor de convidarnos café y frijoles al mediodía, que no se molestaran por nosotras por favor, pero él nos contestó que de todos modos nos esperaban...
Llegamos a su casa como a las 8 de la noche – caminando por las veredas oscuras con una lámpara de mano -y, como siempre ha ocurrido en esa casa, nos sirvieron el café, el pan, la salsa y las tortillas con mucho comedimiento, pero se alejaron después de decir repetidamente “reciban, por favor, reciban”. Sólo la generación nueva permaneció un rato en la cocina y tomó café con nosotras, que un poco cohibidas, dimos las gracias y nos fuimos una media hora más tarde.
Llegamos a su casa como a las 8 de la noche – caminando por las veredas oscuras con una lámpara de mano -y, como siempre ha ocurrido en esa casa, nos sirvieron el café, el pan, la salsa y las tortillas con mucho comedimiento, pero se alejaron después de decir repetidamente “reciban, por favor, reciban”. Sólo la generación nueva permaneció un rato en la cocina y tomó café con nosotras, que un poco cohibidas, dimos las gracias y nos fuimos una media hora más tarde.
Ya estábamos acostándonos cuando, como a las 9 y media, vino a preguntar por mí uno de los catequistas que conocí hace tantos años, Gregorio. Me dio mucho gusto verlo, recordar juntos a Niko (el misionero jesuita anterior, alemán también), los nombres y anécdotas de los otros compañeros que venían con nosotros, del retiro que organizamos en Yagila, con tiendotas de campaña y carpas, con cocina portátil que administraba diligentemente Vero, con fogatas nocturnas y misa alrededor de ella… y nuestros cantos. Platicamos también de los cambios que ha habido en el pueblo (de construcciones, de transporte, de servicios, de mentalidad). Me preguntó mucho por Raúl, y aunque le dije que ya nunca lo veo, le mandó muchos saludos…
Antes de despedirse, Gregorio mencionó algo muy interesante: que desde hace dos años aproximadamente, el tequio que se asignaba tradicionalmente a todo ciudadano varón de 18 años en adelante, se ha extendido a las mujeres también (aunque sólo en el campo, no en las obras de reparación de carretera o construcciones dentro del pueblo), y que sólo quedan exentas de éste las mujeres casadas.
¡Ajum! ¡Estoy exhausta! Once de la noche, todo oscuro y dormido, muy silencioso…¡Qué bello es todo esto aún dormido... y qué nostálgica me ha dejado la conversación con Gregorio! De cara al cielo estrellado, magnífico, canto en voz bajita la canción que cantábamos hace dos o tres vidas, antes de meternos en nuestros sacos de dormir:
"Junto a ti al caer de la tarde, y cansados de nuestra labor, te ofrecemos con todos los hombres el descanso, el trabajo, el amor..."
"Junto a ti al caer de la tarde, y cansados de nuestra labor, te ofrecemos con todos los hombres el descanso, el trabajo, el amor..."
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