Cuando Raúl y yo vinimos con nuestros hijos Carlos y Dani en 1988, nos quedamos (incluyendo al amigo Manu - Emmanuel Ménard) en casa de Olga y Rafael, extendiendo un petate grande sobre el que poníamos las bolsas de dormir cada noche. Nuestros anfitriones se sentían muy apenados por alojarnos de una manera tan sencilla, y nosotros nos sentíamos muy apenados de que ellos se sintieran mal. La comunidad, tan generosamente como siempre, nos proveía de casi toda la alimentación posible: las invitaciones a desayunar, comer, cenar y a tomar café a veces incluso se duplicaban, así que solamente llegábamos a dormir a casa de Olga y Rafael...

De todas maneras, el camino a su casa, que tanto recorrimos, si no fácilmente, al menos con menos dificultades tendría yo que haberlo encontrado... No fue así, esta mañana me pasé HORAS tratando de llegar a su casita...

De todas maneras, el camino a su casa, que tanto recorrimos, si no fácilmente, al menos con menos dificultades tendría yo que haberlo encontrado... No fue así, esta mañana me pasé HORAS tratando de llegar a su casita...
No hay propiamente calles, sino veredas subiendo y bajando montaña, con bifurcaciones cada veinte o cincuenta metros, cuyos cabos de camino se pierden entre maizales, cafetales, arbustos y árboles. Como mi sentido de orientación tal vez exista pero nunca lo he encontrado, no pude hallar por mí misma la casa de Olga dentro del pueblo... Imposible para mí reconocer el camino a su casa más de diez años después de haberlo andado mis pies para llegar a ésta...
Pero, buscándola, hoy fui a parar al chorro de agua, donde se bañaban unos niños y bañaban a su puerco con ellos. Era una escena muy animada: tres niños de entre cinco y doce años - calculo -, cubiertos de jabón y parlando a grandes voces en zapoteco (pero mentando madres en perfecto castellano-mexicano), jabonaban al animalote que gruñía y cabeceaba tratando de evitar las manitas pequeñas que lo empujaban, sostenían y tallaban con ahínco. No me ofrecí a echar la mano: me dio miedo, pero me entretuve observando el asunto y riendo junto con los niños a cada rato, cuando uno de los cuatro se sumergía en el chorro de agua.
Mientras contemplaba el circo infantil, pasó Isabel, una chica (diecitantos años) que iba “para allá arriba” y me invitó a caminar juntas. Acepté, y así lo hicimos: echar cuesta arriba por los caminos - todos para mí iguales - que ella diferencia sin siquiera mirarlos. Hablábamos entretenidas, cuando una voz que yo apenas escuché (hablando zapoteca), la llamó: era su mamá, pidiéndole que se apresurara a ayudarla en desyerbar los maizales que crecen alrededor de su casa. Como ni la mamá ni la chica aceptaron mi ayuda (sinceramente me alegró: no estoy segura de aguantar más de una hora bajo este sol y con este calor), yo continué mi camino hacia el monte, con la intención de conocer la vereda que toman los que van por leña o que llevan a pastar a sus animales. Fue una caminata dura, dada mi nula condición física...
De regreso Isabel se ofreció a mostrarme el camino a casa de Olga.

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